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jueves, 14 de diciembre de 2017

Con agüita y con arena, sueños vamos a inventar


Esta mañana fue la despedida de los niños que terminan el nido. Con un ritual muy significativo, se dijeron adiós varios niños hermosos, que parten a nuevos rumbos, entre ellos Ramiro. Ha sido una semana cargada de diversas emociones, lo hemos sentido claramente todos en casa, especialmente Ramiro, quien al igual que la madre, empezó a hacer notar sus primeras somatizaciones. ¡Qué difícil es despedirse! Soltar, dejar ir, aventurarse a lo nuevo, confiar en lo que viene, crecer… Y más difícil aún es acompañar este proceso, como si se tuviera alguna certeza de cómo hacerlo, como si la tristeza y la ilusión de los inicios y finales, nos permitieran pensar o sentir con claridad. Así, sin saber cómo, vamos viviendo con nuestros hijos cada momento de sus vidas, cada crecimiento, cada alegría, cada conquista, pero también sus tristezas y miedos, sus peleas y caídas y como hoy, vamos viviendo juntos nuestras primeras despedidas.

Han sido más de 4 años caminando juntos en La Casita, llegamos en agosto del 2013 cuando Ramiro tenía solo 6 meses. Cada lunes por la tarde, nos reuníamos para “jugar”, pero en realidad, entrar a la sala de juegos de bebes, era entrar en un espacio mágico, en un momento en lo que lo único que importaba era esa hermosa e intensa diada mamá-bebé, sin tiempos, sin juicios, sin instrucciones. Estando en La Casita aprendí a observar y respetar los tiempos de desarrollo de mi bebe, escuché por primera vez sobre atención temprana, pedagogía libre, la importancia de la autonomía en los niños y el sentido de los límites. Conocí una nueva forma de jugar, de explorar, de crecer, de hacer y fui sintiéndome acompañada, sostenida, mirada, querida.

La Casita ha sido (y seguirá siendo porque Josefina se queda todavía) el referente más importante de nuestra familia. Después de la casa, es el lugar en el que más tiempo pasan nuestros hijos, pero es sobre todo, el espacio que les ha permitido vivir su niñez a plenitud y por eso estoy profundamente agradecida. Por cada mañana de parque explorando en la tierra, descubriendo bichos, recogiendo ramitas, hojas y piedritas, por la ropa tan sucia que es una prueba de lo bien que lo han pasado. Por el taller de arte y todas las construcciones y creaciones que hacían a diario, por esa casa hermosa de dinosaurios (con huevos incluidos), por los dibujos y las pinturas, sin indicaciones, sin estímulos, sin patrones, por dejarlos crear, creer, crecer. Por el arenero y el chirimoyo, ese árbol maravilloso que le ha permitido a Ramiro sentirse grande a medida que lo iba trepando más y más. Por la canción de bienvenida de cada mañana, por las deliciosas (y saludables) loncheras compartidas, por los paseos caseteros, por las excursiones fuera de La Casita, por la paciencia, el cariño, las miradas y los abrazos. Por el grupo hermoso de padres y madres, con quienes hemos ido creciendo en este camino de la crianza y se han convertido en un grupo de referencia muy importante, pero sobre todo muy querido. ¡Por todo lo que me ha dejado La Casita en este tiempo, solo puedo decir gracias!

Estoy segura que Ramiro siente lo mismo y aunque habla con mucha ilusión de su colegio grande, también me ha dicho que quisiera quedarse un año más en La Casita. Sin embargo, confío en que Ramiro está preparado para vivir esta despedida, por lo menos está más preparado que yo, eso sin lugar a duda. Confío en él y en su forma apasionada de conocer el mundo, en sus enormes deseos de aprender, de preguntar, escuchar, ver, escribir, reconocer letras, lugares, olores. Veo a mi hijo y tengo la certeza que el próximo año será el comienzo de un gran camino que empezaremos a recorrer juntos.


Ver crecer a nuestros hijos es una experiencia indescriptible, crecemos con ellos, no hay duda, pero en ese crecimiento vamos dejando atrás esa relación intensa y hermosa de dependencia absoluta, para pasar a ser, acompañantes amorosos y respetuosos de sus propios descubrimientos y de sus nuevos caminos.


viernes, 2 de junio de 2017

Cuando llegó Josefina...

Dentro de poco se cumplirán tres años desde que nació mi niña. Han sido tres años intensos, de aprendizajes continuos, de reacomodarnos, de convertirnos en una familia de cuatro, que cada vez se consolida más y mejor. Para nada ha sido fácil, hemos crecido “a la fuerza”, a fuerza de adaptarnos, de criar casi en paralelo dos bebés, con pañales, coches, cunas y ¡ni qué decir de la teta! Pero ese tema mejor lo dejo para otro post, uno especialmente dedicado a la lactancia prolongada…

Ahora cerquita a los tres años, con una niña que ilumina su andar, que habla perfectamente, que camina, corre, trepa, baila, canta, que enamora, engatusa y chantajea, pero que sobre todo defiende con gran pasión lo que quiere, me siento agradecida con la vida. Ser mujer y tener una niña es un regalo hermoso, es una complicidad única, es identificación, sintonía. Mirarme en ella, reconocerme, sentirme. Recordarme niña, imaginarla mujer. Volver al pasado y tener presente la relación con mi madre, de mujer a mujer y tener ahora que formar una propia con mi hija, es una gran tarea, compleja, difícil, pero sin duda una labor que me permite (eso intento) ser una mejor persona. Aprender de mi hija y de mi madre y así entre las tres, construir ese hilo femenino de complicidad, de confabulación, de intimidad. 

No vayan a creer que no me encanta o no atesoro la relación con mi niño, ¡de ninguna manera! Ser mamá de un niño es una aventura de principio a fin. ¡Adrenalina pura! Pero esta vez quiero darle un toque más femenino a esta entrada, pensar en el tercer cumpleaños de mi hija, me ha dado fuerzas para escribir sobre su llegada. No pude hacerlo en su momento, la demanda de tener dos niños, de reorganizarnos todos, de ir aprendiendo a ser cuatro, hizo que dejara este relato para más adelante. Siento que ha llegado el momento.

Hace 3 años, estaba en la semana 39 de embarazo, me recuerdo grande, pesada, adolorida por momentos y tratando de compartir mi tiempo entre el trabajo, Ramiro que tenía 1 año y 4 meses y Josefina en la panza. Estiraba el tiempo como sea para llegar a mis clases de yoga prenatal, estaba convencida que esa práctica y el acompañamiento de Paulina (mi profesora) habían sido la clave del éxito de mi primer parto. Con esa experiencia en mi mochila, de haber parido sin epidural ni ninguna asistencia médica, lo más natural que se puede hacer en una clínica, hizo que me sintiera casi super poderosa para llegar con esa misma seguridad y confianza al nacimiento de Josefina.

Empecé mis primeras contracciones como a las 4 de la mañana, si bien eran leves y manejables, mi cuerpo ya se empezaba a preparar para el “trabajo” de parto. Si existe algún trabajo en el mundo, es sin duda, el de parto. A las 6 de la mañana me levanté para ir al baño y me di con la sorpresa que estaba sangrando muchísimo, más de lo que se puede esperar que salga del tapón mucoso. Me asusté y creo que producto del susto me pareció que Josefina ya no se movía dentro de mi panza. Desperté a Alejandro y le dije que quería ir a la clínica, quería que me vieran, me dijeran que todo estaba bien y luego, regresar a mi casa a hacer mi trabajo de parto. Como había hecho con Ramiro y como no dudaba tenía que hacer esta segunda vez. Así es que en pijama, me puse zapatillas y salimos. Recuerdo haber sentido pena de dejar a Ramiro dormido, hubiera querido contarle lo que pasaba, pero ser madre de dos, rápidamente te hace entender que hay momentos en que no puedes estar con tus dos hijos a la vez y en ese instante era Josefina quien me necesitaba. Además, me decía a mí misma, voy y regreso.

Llegamos a la clínica y me pusieron los chupones para monitorear a mi bebé. Felizmente estaba todo bien, ella y yo. El sangrado seguía, pero la verdad ya no me importaba, quería pararme, dar las gracias y regresar a mi casa. Pero al parecer cuando uno entra a los dominios de una clínica, difícilmente puede salir de ahí. Tuve que esperar que bajara el doctor a verme. Muy distinto a mi primer parto, ese día fue domingo, el doctor estaba ahí solo por mí, examinándome y esperando el momento en que llegara Ramiro. Fui la única en la clínica esa noche. Esta vez fue un día de semana, el doctor estaba atendiendo consulta mientras yo lo esperaba en la sala de dilatación. Cuando bajó, me examinó y me dijo “ya estás en casi 6, yo te diría que te quedes, es un segundo parto y va a ser más rápido que el anterior”. Sentí en esas palabras una sentencia que no esperaba. 

Quería regresar a mi casa, bañarme, ¡quitarme la pijama! comer algo, decirle a mi hijo que muy prontito iba a nacer su hermana, pero sobre todo, quería prepararme emocionalmente para recibir a mi niña, necesitaba conectarme conmigo misma, escucharme, tomarme el tiempo que mi cuerpo me pedía, estar a solas, en un espacio íntimo, personal, propio, vivir mis contracciones a mi ritmo, como lo necesitamos todas las mujeres y como yo había deseado que fuera.

Nada de eso sucedió, en ese momento Alejandro se fue a gestionar mi ingreso y llamar a mi mamá para pedirle que vaya a ver a Ramiro, ya que no íbamos a regresar a la casa porque estaba por dar a luz en cualquier momento. Esos minutos que Alejandro salió de la sala de dilatación para mi fueron eternos, me sentí completamente sola, derrumbada. Estaba agotadísima, había llegado a 6 de dilatación echada en una camilla, la peor de las posiciones. A insistencia mía logré quitarme los chupones y pararme, intentaba caminar, hacer mis ejercicios de relajación, respiración, balancearme sobre la pelota, nada funcionada. Tenía mucha hambre, no había comido nada en todo el día y no me dejaban comer. Recuerdo haber tomado agua de manera clandestina en un bidón que estaba cerca, ¡pero ni eso me dejaban! Estaba molesta con la situación y con la forma como estaba esperando la llegada de Josefina, tan distinto a lo que deseaba.

Cuando Alejandro regresó, lo abracé y me puse a llorar. Él no entendía lo que me pasaba, nadie lo entendía en realidad. Las enfermeras pensaban que sentía mucho dolor y sí, eso es lo que sentía, pero no solo físico, me dolía estar metida en ese espacio tan frio y público y tener que quedarme ahí. Me sentía atrapada. Luego de eso, todo empeoró, empecé a avanzar en la dilatación, debía estar en 7 u 8 y el cansancio que sentía era enorme. Cansancio físico evidentemente pero también emocional, toda esa situación de frustración me estaba pasando factura. Sentía que no tenía fuerzas, que no iba a poder llegar a 10, estaba aturdida, triste, desesperanzada. Lo único que atiné fue a pedir que me pongan epidural, ¡ya había intentado de todo! caminar, la pelota, pensar en otra cosa, conectarme con mi bebé, nada funcionó. Yo estaba en otra sintonía y no podía más.

Mientras me ponían la epidural me sentía tan vulnerable, la posición en la que estaba, la aguja enorme, el líquido frío entrando por mi cuerpo, era una sensación espantosa. Luego de eso ya no podía estar de pie, tenía que quedarme echada esperando que mi cuerpo mágicamente llegara a 10 de dilatación. Después de la anestesia me puse a llorar desconsoladamente, sentía que estaba abandonando a mi bebé, que ella estaba haciendo todo su esfuerzo dentro mío por nacer y yo me había rendido y había dejado de hacer mi trabajo. Sentía que echada no ayudaba a mi cuerpo, no me conectaba conmigo mismo, no estaba en la misma sintonía que mi bebé. Lloraba y nadie entendía lo que me sucedía, o eso era lo que yo sentía en ese momento. “¿Te sigue doliendo?” me preguntó la anestesióloga, me dolía el corazón, esa sensación de estar abandonando a mi hija me partía el alma.

Sabía que era algo mío, Josefina nacería igual con epidural o sin epidural, pero para mí, que valoro tanto el contacto mamá-bebé y que considero además que el trabajo de parto es un trabajo de a dos, el bebé hace su chamba para descender por el canal vaginal y la mamá, conectada con su bebé, siente como su cuerpo se va abriendo poco a poco a medida que aumentan los centímetros de dilatación. Además, que se pueda vivir de manera natural, sin nada que te apure como la oxitocina o te quite el contacto con tu cuerpo como la epidural. Eso que tanto valoro y que tanto deseaba vivir, esa vez no fue posible.

En medio de llantos y momentos de calma que llegaron después, me dio unas enormes ganas de pujar. Fue muy muy rápido, desde que llegué a la clínica hasta que di a luz habrán pasado unas 4 horas (con Ramiro demoré alrededor de 36). Me llevaron a la sala de partos y al primer pujo ya había salido Josefina, ¡al primero! Era increíble, así de rápido había llegado mi niña, decidida a pesar de los lloriqueos de su madre, fuerte, intensa, llena de vida. De la misma forma como se ha mantenido estos 3 años.

He necesitado de este tiempo para curarme de ese primer encuentro con mi hija, he aprendido que la vida nos da lecciones en todo momento y cuando menos lo esperamos. Que hay que afrontar con firmeza cuando las cosas no salen como uno las desea. Y que hay diversas historias de madres, hijos, partos, lactancias, todas válidas, sinceras, honestas, desde el corazón. Historias que nos ayudan a crecer, a encontrarnos con nuestras debilidades y limitaciones, que nos hacen más sensibles, más humanas, más mujeres. Por ese camino femenino es que quiero seguir transitando, caminando ahora de la mano de mi hija, abrazada por mi madre y acompañada siempre por mujeres maravillosas, parte de mi tribu materna, que enriquecen mi caminar. 

martes, 19 de abril de 2016

432 meses

Eso cumplo hoy!

Y la vida me ha regalado (entre muchas cosas) un par de horas de tranquilidad, así es que decidí sentarme a escribir. Es algo que extraño muchísimo. La maternidad tiene mucho de bueno, pero de tiempo libre, nada!!!

Desde hace 3 años, mis cumpleaños son muy diferentes. Totalmente familiares, diurnos, tranquilos (bueno, salvo honrosa excepción) pero digamos que, mis ganas de celebrar ahora, tienen mucho que ver con actividades en las que puedan participar mis hijos. Eso, para quienes me conocen y han celebrado conmigo en el pasado, es un cambio grande.

Este es solo un ejemplo de todo lo que ha variado mi vida en estos 3 últimos años, aunque en realidad, podría ir un poco más atrás. Creo que desde que encontré a mi compañero, he ido soltando mis temores y sanando mis heridas, para dar paso a un nuevo momento y (espero) a una mejor persona. 

Hace 7 años, escribí esto. Es lo más "reciente" que he encontrado en este hueco. De esa Karina, queda poco, hoy me encuentro en otro momento de mi propia historia. Una etapa mucho más armoniosa, disfrutando este viaje infinito que se llama maternidad, construyendo junto a mi compañero un camino juntos, con altibajos como no puede ser de otra manera, pero con la profunda convicción que queremos construirlo juntos. 

Hoy celebro mi vida y agradezco profundamente por todo lo bueno que hay en ella, por todos los abrazos, las risas, las largas conversaciones, por mis amigas entrañables, por mi familia querida, por la buena música, por el pisco y el vino, por las madres de mi tribu, por mis hijos, que cada día me enseñan que el amor es una fuente inagotable de energía. Hoy brindo por la alegría, por la esperanza, por la fuerza, por la valentía, por el cambio y por el futuro. Por 432 meses más y porque al final de este viaje, solo tenga la satisfacción de que todo ha valido la pena.

Los dejo con una foto de nosotros, en uno de mis lugares preferidos, la PUCP. 


jueves, 10 de julio de 2014

Nació mi niña

El tiempo vuela y casi sin darme cuenta ya ha pasado un mes! 30 días y 30 noches, porque con un recién nacido, los días y las noches se viven con la misma intensidad.
 
En todo este tiempo he querido escribir sobre mi parto (porque sí, ya lo saben, me obsesiona el tema!) pero luego de los primeros días, otros temas han ido ocupando mi mente. Así es que dejaré para más adelante el relato sobre mi segundo parto. Por ahora, me dedico a tiempo completo a aprender a ser madre de dos niños pequeños, digamos que casi casi, de dos bebés.
 
Mis días empiezan con el llanto del primer bebé, que generalmente es el del mayor, en ese momento su papá va a su encuentro y comienza la repartición de críos, los hombres por un lado y las mujeres por otro. Yo me quedo con la bebita, entre pañales, teta y si hay suerte durmiendo un poquito. Nos levantamos y seguimos más o menos con lo mismo, teta, desayuno, leche, fruta, teta otra vez, hasta que llega la hora del baño y las primeras coordinaciones para que el baño de uno no se junte con el del otro, para que el llanto de uno no despierte al otro y sobre todo, para estar disponible y darles suficiente atención a los dos y que los celos no nos traicionen en el intento.
 
Más allá de los detalles prácticos del día a día, esta segunda maternidad vino cargada de culpa (¿por qué cargaremos con tanta culpa las mujeres? – estoy convencida que es una cuestión de género y de verdad que me agota, porque es literalmente un peso sobre los hombros). Culpa de no poder estar físicamente para los dos, de no poder atender a los dos por igual, o en el momento que cada uno de ellos me necesita. Culpa de escuchar un llanto y no poder ir corriendo porque estoy cambiando un pañal, culpa de tener en brazos a uno y no poder alzar al otro inmediatamente cuando me lo pide, culpa de morirme de sueño y no poder disfrutarlos como quisiera. Podría seguir citando numerosos momentos, todos ellos cargados de culpa. ¡Que vaina!
 
Sé que esto es un aprendizaje conjunto, mis hijos están aprendiendo a ser hermanos y por lo tanto a compartir, empezando por compartir a la mamá y yo estoy aprendiendo a ser mamá de dos niños pequeños, repito, casi casi de dos bebés. Intento conseguir un equilibrio entre sus demandas y mi oferta, estar alerta a sus necesidades, organizarme y organizarlos. Aunque ya ha pasado un mes, claramente seguimos en etapa de adaptación.
 
Y es que por alguna razón, esta segunda maternidad me está costando muchísimo más. Si bien, puedo bañar a mi bebé casi con una sola mano, darle de lactar mientras camino de la mano con mi otro hijo o cargarlos a los dos a la vez, emocionalmente (y físicamente) me siento agotada. Tener que estar disponible a dos llantos, me estresa; sobre todo cuando es el llanto de la bebé, porque si se trata de hambre, nadie más que yo puede calmarla. No importa si tengo hambre, sueño, cansancio, ganas de ir al baño o lo que sea, si ella quiere teta, digamos que ya fui. Hasta donde me permiten mis recuerdos, no era así con mi primer hijo, darle de lactar me encantaba y sentía un enorme orgullo de hacerlo, ahora, sí me sigue gustando y me enorgullece también y sé que es lo mejor para mí y para ella, pero me cansa y sobre todo en estos primeros días, casi que me siento una teta pegada a una bebé. 
 
Sé que todo es cuestión de tiempo y que con el pasar de los días y las semanas, estaremos más acostumbrados a esta nueva vida de cuatro. Desde lo práctico que es salir con dos maletines, pañales, mudas de ropa, sillas de carro y coches; hasta cosas más de fondo, como sentirme “adaptada” siendo mamá de dos niños, hasta ahora, cada que lo digo o lo escribo, no lo creo.
 
Cada niño que nace trae consigo el renacimiento de todos los que lo rodean y eso está haciendo mi bebé con nosotros. Cuesta empezar de nuevo, cambiar de rutina, de actividades, de preocupaciones, de intereses… es más o menos como dice Ismael Serrano, en una canción que en estos días escucho mucho “de repente llega alguien que lo desordena todo y nos enseña que lo mejor está por venir”. Mi hijita ha venido para cambiarnos la vida y enseñarnos que lo mejor está por venir.
 
"Canción para esperar a un recién nacido" - Ismael Serrano  


domingo, 1 de junio de 2014

Un año después... nuevamente de parto

Hace un año que no escribo nada en este espacio. Un año! Suena muchísimo y en realidad lo es, pero es que cada día de este año ha sido tan intenso, que me ha dejado pocos momentos libres para sentarme y escribir con calma (sumado por supuesto a mi falta de organización y disciplina que hacen que viva postergando todo).

La última vez que escribí, mi hijo mayor tenía solo 3 meses, digo mi hijo mayor porque tengo desde hace 37 semanas una nueva bebe creciendo dentro de mí. Sí, 37 semanas… eso quiere decir que volveré a ser madre en cualquier momento!! Esta vez de una niña.

Este segundo embarazo llegó más sorpresivamente que el primero, tuve que tomarme varias semanas para procesar mi nuevo estado, tenía un bebe de solo 7 meses y ya empezaba a gestar a un segundo bebe. Un enorme sentimiento de culpa me embargó, sentía que no tenía derecho a quitarle el lugar de “hijo único” a mi hijo mayor, que todavía era muy pronto, que ni siquiera tenía capacidad de comprender lo que estaba pasando (aunque fue el primero en darse cuenta que algo estaba cambiando). Me sentía mal porque me moría de sueño y cansancio y no disfrutaba tanto nuestro tiempo juntos. Tenía miedo y angustia por esta nueva persona que iba a entrar en nuestra relación de a dos, dejaríamos de ser dos para pasar a ser tres. No estaba preparada para eso, no quería dejar esta relación exclusiva, intima, secreta, que tenía con mi hijo mayor. No quería por nada dejar de darle de lactar (la reducción de leche fue el primer indicio que tuve de que podía estar embarazada), no quería dejar de cargarlo (en realidad no he dejado de hacerlo, aunque ya pesa más de 11 kilos y mis dolores de espalda son cada vez más frecuentes), no quería que deje de ser el centro de mi vida y no imaginé jamás que podía sentir todas estas cosas ante la noticia de que estaba embarazada nuevamente.

Pasamos muchas semanas sin decírselo a nadie, ese estado de “secreto” hacía que mi culpa se acrecentara, como si hubiera hecho algo malo o tuviera que esconderlo. El tiempo y un poco de terapia me ayudaron a entender lo que estaba sintiendo y a mirar este nuevo estado con alegría y entusiasmo y sobre todo, como una oportunidad de crecimiento para toda la familia.

Con el paso de los meses he entendido que parte de mi resistencia se debía a lo mucho que me cuesta asumir los cambios y este definitivamente es un gran cambio, que además se había suscitado rápidamente. Estaba acostumbrándome al nacimiento de mi nueva familia, habíamos pasado de ser una pareja para convertirnos en una familia, tres miembros, cada quien con sus propias necesidades, angustias y temores. Cada uno de nosotros reconociéndonos, mirándonos, escuchándonos, viviendo todo por primera vez. Y de pronto, como suceden las cosas importantes, nos vimos sorprendidos por el regalo de una nueva vida. Lo que nos tocaba ahora, era aprender a ser cuatro, una nueva familia de cuatro, en donde cada uno de nosotros tiene que aprender a desenvolverse en su nuevo rol.

A mi toca aprender a ser madre de dos niños pequeños, a multiplicar mi amor, mi atención, mi paciencia, mi cuerpo, a multiplicar todo mi ser. ¿Cómo se hace eso? Pues no lo sé, solo sé que se hace, que requiere mucho esfuerzo (físico y mental), que paso horas enteras pensando en qué decisión tomar sobre esto o aquello, que tengo mucho miedo de cometer algún error, que pienso en qué será lo mejor para mi hijo mayor, en como “protegerlo” del cambio que significará la llegada de su hermanita, si es momento de llevarlo al nido o mejor no, si es momento de pasarlo de su cuna a una cama o mejor no, que cambios debo o puedo hacer y cuáles no.

Toda esta situación me ha llevado a repensar mi vida desde lo más íntimo, ¿estoy haciendo lo correcto?, ¿estoy viviendo lo que quiero vivir?, ¿de la forma en que quiero vivirlo?, ¿trabajar a tiempo “completo” es lo que tengo que hacer en este momento de mi vida?, ¿dedicarme a mi casa?, ¿a mis hijos?, ¿y mi vida profesional?, ¿mi vida social, ¿mi vida personal?, ¿mi vida de pareja?. Quién soy y quién quiero ser, quién quiero ser por mí, por mis hijos, por mi pareja, por mi familia. Dicen que la maternidad es un cambio en la vida de una mujer y en mi caso se está cumpliendo al pie de la letra. No he vuelto a ser la misma persona de antes desde que la vida me dio el regalo y la oportunidad de ser madre, es más, no sabría cómo volver a ser la misma. No sé si eso es bueno o malo, si le pasa a todo el mundo o yo soy un bicho raro, solo sé, que en este camino de repensar la esencia de mi vida, no hay vuelta atrás.

Esta historia continuará… por lo pronto, ya he empezado a concentrar mi atención en mi próximo parto y en que pueda ser lo más natural y respetado posible. Me doy fuerzas y me aliento a mí misma, porque sigo creyendo firmemente en que el parto es nuestro. Así es que, ahí voy… un año (y 3 meses después) y nuevamente de parto.

domingo, 2 de junio de 2013

Las otras

Hay un dicho que dice que en lío de dos, el tercero sale sobrando. Y es verdad, pero ¿qué hacemos cuándo una tercera interfiere en nuestra relación de a dos? 

Me refiero a la relación que tenemos con nuestro bebe. Esa relación que recién está empezando a desarrollarse, que está llena de dudas, de desconocimiento, de incertidumbres, miedos, angustias. Esa nueva relación que lo último que necesita es la voz de una madre experimentada que te dice que lo que estás haciendo no está bien, que por ahí no va la cosa, que mejor hazlo de esta manera, que a ella le funcionó muy bien. 

Esas "otras" que seguramente tienen la mejor la intención con sus comentarios, a veces no nos hacen nada bien. Y es que no solo llegan a nuestros oídos infinitos comentarios, sino que además son contradictorios entre sí. No lo cargues que se va a acostumbrar a los brazos (eso creo que es lo más común de todos), déjalo llorar para que desarrollen sus pulmones, no lo dejes llorar, dale biberón para que se acostumbre, abrígalo es un bebé y siente más frio que tu, no lo abrigues tanto, no lo bañes de noche que ya está empezando a hacer frio, tienes que bañarlo de noche para que se relaje y duerma mejor, ponle chupón es mejor a que se chupe los dedos, dale de lactar solo hasta los 6 meses, ni se te ocurra meterlo a tu cama porque de ahí no lo saca nadie, es mejor que duerma en su cuarto desde pequeñito y que cada quien tenga su espacio, al comienzo va a llorar pero de ahí no sabes la maravilla que es!

Podría llenar toda esta entrada con todos los comentarios que he escuchado apenas en estos tres primeros meses y estoy segura que ustedes terminarían tan confundidos como yo. ¿Entonces qué hago?, ¿lo cargo o no lo cargo?, ¿lo abrigo o lo desabrigo?, ¿le doy biberón o dejo que solo mame de mi pecho?, ¿lo baño de día y de noche o ahora que ya hace frío solo de noche? Muchas veces, pero muchas veces no sé que hacer, no sé si tiene frío o calor, no sé si tiene sueño o hambre, no sé si está aburrido o con cólico de gases, no sé si dejarlo dormir a mi lado o pasarlo ya a su cuna. No sé si fue buena idea regresar tan tarde a la casa o no debimos salir porque todavía tiene moquitos (rezagos de su primer resfrío), no sé si la bulla lo inquieta o lo sorprende. Simplemente no sé y aunque a veces quisiera tener poderes y saber todo sobre mi niño, no puedo. Todavía estamos en un proceso, aprendiendo a conocernos, recién llevamos tres meses y nos queda toda la vida.

Sé que las mamás experimentadas tienen buena intención cuando comparten lo que hicieron ellas o les funcionó mejor, pero sé también que cada mamá y cada bebé es diferente. El mío tiene una forma particular de ser y yo debo encontrar el estilo de crianza que mejor se nos acomode a los tres (papá incluido). ¿Qué es lo que más me sirve para eso? Seguir mi instinto, lo que creo y quiero hacer, lo que me da más tranquilidad. Pero a veces suele pasar que cuando intento algo, me dicen que así no, que mejor pruebe de otra manera y justamente eso no me da tranquilidad. Entonces, de manera esquizofrénica me desdoblo, por un lado escucho lo que me dicen y por el otro persisto en mi idea original (terquedad que le dicen). Generalmente es un ensayo - error, en ocasiones funcionan algunas cosas y otras veces no.

Pero no crean que todo es terquedad, intento ser flexible en muchas ocasiones. Escucho y leo de todo, presto atención a un menor porcentaje y algunas de esas cosas las pongo en práctica. A veces me va bien, a veces me va mal. Mientras tanto sigo probando y prestando atención a mi niño, para seguir conociéndolo más y más. Pero así como escucho, pongo atención y pruebo algunas cosas, hay otras que he decidido hacer de cierta manera y quiero que sigan así:

1. Voy a seguir alimentando a mi hijo exclusivamente con leche materna
2. Voy a seguir amamantándolo todo el tiempo que sea posible y que los dos queramos
3. Vamos a seguir durmiendo en el mismo cuarto hasta que ya no entre en el moisés o hasta que duerma la mayor parte de la noche de corrido (lo que pase primero)
4. Voy a seguir cargándolo todo el tiempo que él quiera (aunque a sus tres meses ya me pese mucho).

No pienso ni me preocupa si se va a "mal acostumbrar" a la teta, a los brazos o a dormir con nosotros, porque si hay algo que nos hace bien a los dos, no puede ser una mala costumbre. Y eso lo explica muy bien el dr. Carlos Gonzales, un pediatra catalán, que al menos a mí, me hace mucho sentido todo lo que dice. Aquí un video cortito:



Yo no creo que haya un estilo o un método que sea mejor que otro, creo que cada madre debe encontrar cuál es el suyo, qué cosa le funciona mejor a ella y a su bebé. Y como no nos podemos salvar de lo que nos van a decir "las otras", no nos queda más que escuchar pero prestar atención solo a los que nos hace sentido y nos da tranquilidad,  a nosotras y a nuestros bebés.

miércoles, 17 de abril de 2013

El parto es nuestro


Desde que me enteré que estaba embarazada empecé a desarrollar un especial interés por el parto, no solo por el mío, sino por el parto en general. Descubrí que solo tengo dos amigas que han tenido a sus hijos a través de un parto vaginal. Entre mi falta de información y la sorpresa de que las cesáreas eran lo más común, empecé a desarrollar casi una obsesión por el tema.
¿Por qué no podemos parir a nuestros hijos? Creo que una de las razones es que dejamos que esa decisión la tome el médico porque creemos que sabe más que nosotros y nos aconsejará hacer lo que sea mejor para la madre y el bebé. Y ciertamente en muchos casos ocurre así y qué bueno que existen las cesáreas porque a veces son la única alternativa para que un niño nazca. El problema es que la gran mayoría de partos que pudieron ser naturales, terminan en cesáreas innecesarias.
Con el embarazo ocurre algo curioso porque convive la omnipotencia con la fragilidad, al menos a mi me ocurrió así. La omnipotencia de sentir que estamos gestando una nueva vida, con todo lo que eso implica; pero a la vez, como tenemos que cuidarnos mucho más, nos hacen sentir débiles, frágiles, casi que inútiles (tu no cargues, no corras, no saltes, no te agaches, no hagas fuerza, etc). Nueve meses después es más fácil creer que no podremos dar a luz, que no soportaremos el dolor, que mejor ponernos anestesia lo antes posible. ¿Y si no dilato?, ¿y si me demoro mucho?, ¿y si le pasa algo a mi bebé?. Si hay algo que tiene el parto es incertidumbre, no sabremos cómo será, cuándo será, cuánto durará. Y en realidad lo único que deberíamos saber, es que cuando ocurra podremos parir a nuestros hijos, porque todas las mujeres podemos, estamos hechas para eso.
La decisión de cómo parir debería ser exclusivamente nuestra, porque es nuestro cuerpo y nadie lo conoce mejor que nosotras. Hay muchos mitos alrededor de eso y nos dicen que es necesario el suero, la anestesia epidural, la oxitocina y ni qué decir de la episiotomía!, cuando en realidad lo único que necesitamos es la confianza en nosotras mismas, que podremos parir y que las decisiones durante ese proceso deberían ser nuestras. Los demás solo nos acompañan. 
 
Yo estuve casi nueve meses pensando y preparándome para el parto. Fui descubriendo qué quería y que no quería y lo fui conversando con mi pareja, con mis papás y por supuesto con mi médico. Como se trataba de mi primer parto y absolutamente todo era incierto, decidí que sería mejor hacerlo en una clínica y luego de muchas idas y venidas entendí que eso implicaría tener que aceptar algunas normas y procedimientos. En ese momento empezó el proceso de negociación y sobre todo de tratar de entender por qué hacen algunas cosas. ¿Por qué ponen enema?, ¿y suero?, ¿y si no quiero que me rompan la fuente? , ¿y si no quiero epidural?, ¿y si deseo tener un parto vertical?, ¿en qué momento cortan el cordón?, ¿puede cortarlo el papá?, ¿pueden cortarlo luego que haya dejado de latir?, ¿se puede prescindir de una episiotomía?, ¿y si no quiero que me corten?, ¿no es mejor un desgarro?, ¿pueden poner a mi bebe en mi pecho apenas nazca?. Debo agradecer a mi médico toda la paciencia para responder mis preguntas, explicarme el sentido de algunos procedimientos y sobre todo, la enorme sinceridad de reconocer que muchas veces sus colegas hacen cosas totalmente innecesarias y que en algunos casos, llevan a la mujer a pasar por una cesárea. Saber elegir el médico que nos acompañará durante el parto es de las decisiones más importantes que debemos tomar. Si no nos sentimos con absoluta confianza hay que cambiarlo, porque el parto es nuestro, no hay que olvidarnos de eso.
 
Dos meses después de haber dado a luz, puedo decir que mi parto se pareció mucho a lo que había imaginado. Ayer me preguntaron, ¿qué le diría a otras mujeres que van a dar luz para que puedan tener un parto que cumpla sus expectativas? Lo primero que pensé fue que tengan confianza en que podrán hacerlo. Confianza y seguridad para mostrarse firmes ante las enfermeras y obstetrices cuando quieran mantenernos echadas, ponernos suero, meternos la mano para verificar nuestra dilatación, no dejarnos caminar, etc, etc, etc. Sé que es difícil porque al estar en un clínica hay que aceptar normas y procedimientos (cuanta rabia me produce tener que aceptar cosas con las que no estoy de acuerdo y que además me parecen absurdas!), pero es así. ¿Qué podemos hacer ante eso? Llegar a la clínica lo más tarde posible, cuando nuestro trabajo de parto ya esté avanzado. No hay nada mejor para una mujer en proceso de dilatación que sentirse en confianza, tranquila, cómoda, acompañada. Hacer lo que queramos hacer, ponernos en posiciones que nos alivien el dolor y que además ayuden a la dilatación, comer rico, escuchar música, meternos en una tina caliente. Nuestro cuerpo empezó su trabajo y nuestro bebe el suyo, un trabajo conjunto, nosotras parimos y ellos nacen (no es un esfuerzo menor) y tenemos que ayudarnos mutuamente. El bebé nos necesita y nosotras a él.
 
Yo llegué a la clínica con siete de dilatación, no dejé que me pongan epidural ni suero (y me costó una “pelea” con la obstetriz), como estaba tan avanzada no me pusieron enema. No me pude salvar de que me rompan la fuente (ya estaba en más de nueve y no se rompía) ni de la incómoda episiotomía (previo desgarro). Estuve en una silla vertical y pude ver cuando salía mi bebe. Me costó muchísimo esfuerzo, creo que el mayor que he hecho en toda mi vida, he pujado como nunca, con absolutamente todas mis fuerzas y luego de largos minutos mi bebe descendía por el canal vaginal. Yo había logrado sacarlo y él había logrado nacer. Lo tuve en mi pecho (me abrí la bata para que sintiera mi piel) y rápidamente empezó a succionar. Si hay algo de éxito en mi lactancia materna, se la debo exclusivamente a él.
 
Lo que continuó luego de que naciera mi bebé no fue tan agradable, la expulsión de la placenta y los puntos de la episiotomía y el desgarro, tomaron su tiempo y también causaron dolor, pero la verdad es que ya son detalles menores. Lo más grande e importante había sucedido. Me sentí fuerte, valiente, inundada de amor (y terquedad, porque la mayoría de cosas sucedieron porque yo me mantenía en mi posición), me sentí mujer, más mujer que nunca. La confianza en mí misma creció, había logrado parir y como consecuencia tenía por fin a mi bebé entre mis brazos.
 
Este es mi relato y he querido compartirlo por si acaso sirve de ayuda para alguna mujer que esté próxima a dar a luz. No hay nada mejor ni peor, cada mujer vive su propio parto, su propio proceso, a su manera, como le diga su cuerpo, su mente y su corazón. Solo creo que si hay algo que debemos defender siempre es que el parto es nuestro, así como lo es nuestro cuerpo y nuestro bebé. Somos mujeres y madres y podemos. Todo lo podemos.

miércoles, 27 de marzo de 2013

Nació mi niño


Hace tiempo en verdad, pero es que la maternidad ha puesto en segundo plano casi todo y aunque tenía muchas ganas de escribir no encontraba el momento adecuado para hacerlo.
Ya voy seis semanas de mamá, que han pasado de manera veloz. Solo me doy cuenta del paso del tiempo cuando cargo a mi hijo y pesa más que el día anterior, cuando le voy a poner un bebecrece y descubro que ya no le queda o cuando empieza a aparecer un rollo más en su cuerpito. Y sin embargo, pese a la rapidez con la que han transcurrido estos días, han significado muchos cambios, emociones, sensaciones que hasta ahora me cuesta trabajo procesar.
 
¿En qué momento empezó todo? El paso de estar embarazada a ser madre es muy rápido y aunque tiene el parto de por medio, se trata de una experiencia tan intensa, que antes de poder asimilar lo que nos sucedió, ya estamos en la casa con un bebe en brazos. De pronto nos encontramos sumergidas en un mundo nuevo, emocionante, maravilloso, pero también agotador, cuestionador y demandante.
 
En mi caso, estoy convencida que en los primeros días estaba bajo los efectos del parto. Me explico, yo tuve un parto que me permitió sentirme valiente, fuerte, mujer. Luego de eso, casi que era super poderosa, entonces no había problema si no dormía, si no descansaba o si no comía. Tenía mil revoluciones dentro y de verdad que no sentía cansancio ni sueño extremo. Estaba principalmente concentrada en amamantar a mi bebe, porque claro, tenía que conseguir una lactancia exitosa (tiene que ver con esto de lo super poderosa); mientras terminaban de llegar los muebles del bebe, lavaba su ropita y compraba cosas que nos faltaban. Esto sumado a que por primera vez estaba viviendo en mi casa, días enteros sin salir, tres comidas al día, lavar, ordenar, limpiar. Mientras descubría la maternidad, descubría lo que es tener que administrar una casa. Absolutamente todo era nuevo, me había convertido en madre y en ama de casa, esto último ni me lo esperaba.

Con el paso de las semanas las cosas empezaron a cambiar. Mi hijo dejó de ser un recién un nacido, su demanda por la leche aumentó, sus horas de sueño disminuyeron y vinieron algunos problemas llamados “gases”. Las mil revoluciones que tenía dentro desaparecieron, sentía agotamiento, sueño, flojera. De pronto me di cuenta que esto de ser madre es una tarea que requiere ser super poderosa pero de verdad, cuesta mucho criar a un bebe, mantener una casa en orden y seguir con la vida de afuera, esa de la que hablaba en el post anterior. He tenido un par de momentos de darme por vencida y reconocer que no puedo sola, que para criar a mi hijo, necesito por lo menos de alguien más. Felizmente que es así y que cuando no está su papá conmigo, está mi mamá y algunas veces están los dos a la vez!
 
La maternidad llega y es difícil anticipar como reaccionaremos. Sobre todo porque aparece en un momento en el que estamos emocionalmente alteradas, estamos puérperas. Y no es solo físico (el cuerpo debe recuperarse del parto, cerrar heridas, reorganizarse por dentro) sino que sobre todo es emocional, interno, íntimo. “Estar puérpera significa acompañar emocionalmente al ser que acaba de pasar el umbral hacia el más acá”. Ese pequeño que tiene que aprender a vivir, tiene que aprender a reconocer sus emociones, sus necesidades, sus deseos y toda madre con él. Para mí, estar puérpera es ir descubriendo con mi bebe cada cosa que nos pasa, sentir juntos, experimentar juntos, frustrarnos juntos, llorar juntos, mirarnos, querernos, cuidarnos y depender el uno del otro. Ahora somos dos, pero emocionalmente seguimos siendo uno solo. En cierta medida ser recién nacido y estar puérpera es la misma cosa.
Canción por el nacimiento de Ramiro:

 

viernes, 30 de noviembre de 2012

Me va a doler


Desde hace semanas que vengo pensando en el dolor, en lo que significa y sobre todo en la forma en que yo me he relacionado con él durante mi vida. Podríamos decir que le corría al dolor, ya sea físico o emocional. Yo pensaba que esta era una conducta más o menos normal, porque me basaba en el hecho de que a la mayoría de gente no le gusta pasarla mal y por tanto, evitar cualquier situación de dolor, sería lo más sensato.

Sin embargo, desde hace algunos meses, he empezado a ver el dolor de una manera distinta. En menos de tres meses tendré que parir y esta experiencia maravillosa de dar vida y nacer, vendrá acompañada de dolor. ¿Qué tan intenso será?, ¿cómo haré para resistirlo? No estoy muy segura, pero esta vez no le correré al dolor y tampoco quiero hacerlo. Por muchas razones, me siento fortalecida y capaz de afrontarlo y por supuesto superarlo.

Esta conducta de evitación tiene su origen en parte, en la crianza que he recibido. Mi mamá se ha preocupado en que no sienta dolor, ante el primer indicio de algo, tenia una pastilla en mi boca. Si me dolía la cabeza, pastilla; si estornudaba, pastilla; si fiebre más pastillas; si hacía un poco de frío, casaca, chalina, guantes. No se podía correr ningún riesgo. Y así como estas, diversas situaciones que me han hecho creer que el dolor hay que evitarlo, que es mejor no acercarse a él.

Ensimismada en mi maternidad, en mi embarazo, en mi futuro parto y en el dolor, me enteré que un amigo muy querido se había puesto muy mal de pronto, al punto de tener su vida en peligro. En ese momento sentí con más claridad que nunca, que el dolor en cualquiera de sus formas, no se puede evitar. Aparece de cuando en cuando y no es malo, solo es cuestión de saber vivir con él.

Hace tiempo me dijeron que sentir dolor no era lo mismo que sufrir, el dolor es irremediable pero el sufrimiento al ser una decisión, se puede evitar. Por supuesto que es una tarea complicada y es algo que poco a poco voy comprendiendo mejor, creo que como todo, la práctica me llevará a mejores resultados.

Por lo pronto, ahora vivo con el dolor/tristeza/preocupación de tener a mi querido Renato internado, esperando que se solucione su problema de salud. Y en paralelo me preparo para el parto y para vivir mi primera experiencia de dolor físico intenso, que estoy segura superaré con éxito. Luego de eso, que vengan todos los dolores que quieran, aquí estaré para torearlos.
 

jueves, 27 de septiembre de 2012

Almita mía

Descubrí a Marta Gómez hace algunos años y desde que la escucho, siempre vuelvo a ella. He sentido sus canciones precisas, exactas, en muchos momentos de mi vida.
 
Hace poco me volvió a pasar y me detuve sobre una en especial, una que le dedica a su abuelito. Ande con mañita almita mía, que para nosotros sería algo así como “ande con cuidado”. Pensé inmediatamente en mis abuelitas y en todo lo que me han cuidado y se han preocupado por mí; en lo importante que es tener gente que te quiera, que te proteja y que piense en ti. Pensaba además en como estas experiencias nos marcan y trascienden a la vida misma. Hay momentos en los que uno tiene más presente a sus ausentes, ya sea por fechas especiales, situaciones cotidianas o excepcionales. Es justo lo que me está pasando en estos largos y maravillosos meses.

Desde hace 3 meses me enteré que voy a ser madre. Ha sido una noticia que me ha suscitado diversas emociones y sentimientos y que me tiene en un estado de ensoñación. Es sumamente impresionante como en un segundo nuestra vida puede cambiar y una noticia así, remover nuestras entrañas (literalmente). Los cambios físicos, si bien son importantes y notorios, son solo una pequeña parte de todo lo que implica este asombroso proceso de volverse madre.

Dentro de todo lo que pienso, siento y sueño, mis imágenes de madre se van haciendo más presentes y van cobrando más sentido. Esto ha coincidido con el primer aniversario de la muerte de mi abuelita paterna y con el recuerdo del cumpleaños de mi abuelita materna. El tenerlas tan presentes, ha hecho que sienta a mi hijito no solo como un regalo de Dios, sino también como un regalo enviado por ellas. Un regalo en donde la vida le sigue a la muerte, en donde unos ciclos terminan y otros inician. Mis padres ahora serán abuelos y yo madre. Ya no hay quien de manera tierna, como solo los abuelos pueden ser, me cuiden y me digan “derechito a su casa”, ahora soy yo quien tendré que cuidar, proteger, querer y mimar a este nuevo bebé que llegará a iluminar mi vida y mi nueva familia.

Canción para querer y ser querido – Marta Gómez “Almita mía”

“Ande con mañita almita mía
No vaya a ser que me la aporreen por ahí
Ande con cuidao’ corazón mío
No vaya a ser que tanto amor
Me le haga daño corazón”





domingo, 10 de junio de 2012

La casa nueva

Hace más de dos meses me mudé a la casa nueva, dando inicio a una etapa totalmente novedosa, llena de entusiasmo, alegría y mucha ilusión.

No es un cliché eso del “tiempo pasa volando”, es la descripción más exacta que hay de la vida, el día a día pasa tan de prisa, que solo cuando paramos y miramos hacia atrás o cuando nos encontramos con gente que conocemos años y hasta décadas, nos damos cuenta del tiempo que ha pasado.

Así ha ocurrido con estos dos meses: pasaron volando, tratando de acomodarnos en este nuevo espacio, comprando artefactos, poniendo cortinas, organizando la limpieza, las compras, los gastos, los horarios de dormir y de levantarse, armando nuestra nueva vida juntos. Esa que empezamos cerrando y abriendo, empacando y desempacando, guardando y sacando, era el fin de una etapa y el comienzo de otra. Yo cerraba más de dos años de convivencia con mi única “roomie” limeña, cerraba mi vida de “independencia” fuera de la casa de mis padres, cerraba mi depa de soltera, cerraba toda una época. Pero, a diferencia de lo que me suele ocurrir con las despedidas y los puntos finales, esta vez, estaba feliz, era lo que tenía y quería hacer, como cuando un niño luego de caminar como robot empieza a caminar firme y luego corre y corre y corre.

Yo he empezado a correr (en sentido figurado, porque la verdad ni camino!). Una enorme felicidad inunda mis días y tengo impaciencia por vivir el futuro. En este camino tengo algunas certezas y muchas incertidumbres. No sé como serán los siguientes meses, solo sé que quiero seguir viviéndolos como hasta ahora. El futuro se escribirá solo.

martes, 8 de marzo de 2011

Soy mujer

Y me encanta.

Sin embargo, lo que nunca me ha gustado es que haya un día de la mujer y que se repartan saludos y vivas como si el solo hecho de ser mujer sea digno de celebración.

Y en ese sentido coincido con Cecilia Blondet en un estudio que hizo hace más de diez años sobre las mujeres y la política, en donde señaló tres riesgos que presenta la escena política actual para las mujeres. Voy a citar solo dos porque creo que aplican para cualquier ámbito:

(1) “Cuidado con el resurgimiento del "mujerismo" y del "viva la mujer". No todas las mujeres somos iguales ni todas hermanas, (…). Hay mujeres honestas y corruptas, autoritarias y demócratas, pobres y ricas, cada una con intereses bien diferenciados.

(2) “Cuidado con el riesgo del esencialismo: por ser mujeres somos mejores, hacemos política diferente, somos más buenas, más afectuosas, más sensibles. Como si estuviéramos en una competencia de quién es mejor, y las mujeres, por un nuevo sentido común y por el error de los hombres, hoy resultan las mejores.

No soy más ni menos, solo soy mujer y me gusta. Y es así porque a lo largo de mi vida he estado rodeada de mujeres. De mujeres que lucharon por defender sus ideales, sus derechos, sus hijos, sus familias. Mujeres que se esforzaron por ser mejores, a pesar de la adversidad y de la desigualdad. Mujeres trabajadoras, tercas, inmensamente fuertes, que han logrado que mi vida ahora, sea mucho mejor que la que ellas vivieron. A esas mujeres, a mis mujeres, les tengo infinito amor y gratitud.

Natalia nació hace 82 años, ese mismo día, su mamá falleció. Dice mi psicóloga, que hay dos cosas de las cuales una persona no se puede recuperar: perder una madre a temprana edad y perder un hijo. Natalia ha vivido ambas experiencias. Sin embargo, puedo asegurar que no solo se ha recuperado, sino que su corazón sigue lleno de energía y de amor. A lo largo de su vida, le ha tocado pasar diversas experiencias, Natalia fue madre adolescente y madre soltera. Sorteó esos años trabajando en lo que pudo, convirtiéndose en una mujer emprendedora y luchadora. Como era costumbre en esa época, Natalia siguió siendo madre, se volvió a enamorar y junto a su nueva pareja, trabajaron codo a codo para mantener a sus siete hijos. Natalia es una mujer valiente, guerrera, fuerte y a la vez, es tierna, querendona, preocupada por los suyos y fiel defensora de sus hijos. Yo soy mejor mujer porque ella me enseñó a luchar por lo que creo, a esforzarme por alcanzar mis metas, a no darme por vencida y sobre todo a perdonar (aunque esto último no lo he aprendido muy bien).

Hilda falleció hace 4 años. Su partida me ocasionó un dolor desconocido hasta ese momento y que hasta ahora sigue siendo irreparable. Ella era una mujer sencilla, callada y quejumbrosa. A los 19 años dejó a su familia para escaparse en caballo con el amor de su vida. Tuvo 8 hijos, a su hija mayor la tuvo que enterrar antes que cumpliera los tres años. Su vida transcurrió entre los ajetreos de la crianza de los hijos y la magia que empleaba para hacer que el sueldo de su esposo policía alcance para todos. Hilda tuvo que asentarse en una ciudad diferente a la suya, con otra cultura y lejos de su familia y sus amigos. Crió a sus hijos con celo e hizo que se sintieran orgullosos del lugar de donde venían. Yo soy mejor mujer porque ella me enseñó a querer mis orígenes, mi familia, mi historia. Me enseñó a ser sencilla, a no hablar más de la cuenta y a no sentirme menos que nadie.

Rosana es la mujer que me dio la vida y esa frase resume todo lo que siento por ella. Es una mujer joven, regia, moderna, preocupada por verse bien y pendiente de absolutamente todo lo que le rodea. Ama profundamente a su familia, cuida casi con devoción a su esposo y se desvive por sus dos únicas hijas. Dejó de trabajar cuando yo nací y desde ese momento su vida empezó a girar alrededor de su más preciado tesoro: la familia que hace más de 30 años ha formado. Yo soy mejor mujer porque ella me enseñó todo lo que sé, me cargó cuando nací, me amamantó los primeros meses de vida, me cambió los pañales y me dio la seguridad básica de que estaría a mi lado siempre, cuidándome, protegiéndome y ayudándome a caminar, a gatear, a correr; ayudándome a ser la mujer que soy ahora.

No somos ni más ni menos, solo somos mujeres, cada quien a su manera, a su estilo, con nuestras imperfecciones y virtudes, como todos. Pero lo valioso de estas tres mujeres, como dije antes, es que han logrado que mi vida ahora, sea mucho mejor que la que ellas vivieron. A esas mujeres, a mis mujeres, les tengo infinito amor y gratitud.

sábado, 6 de noviembre de 2010

amar amar amar


Hace un poco más de 6 años empecé una relación con R. Ha sido la historia de amor más larga que he tenido. Rápidamente se fue metiendo en todos los aspectos de mi vida, a hacerse amigo de mis amigos, primo de mis primos, sobrino de mis tíos y así con toda mi familia. Sin darme cuenta, nos fuimos convirtiendo en "la pareja" que todo el mundo daba por sentado que el siguiente paso sería, el altar.

Luego de varios años de estar juntos, un buen día decidimos (o mejor dicho, decidí), que el siguiente paso sería ir a estudiar. Nos fuimos juntos a España y sin temor a exagerar, fue el año más feliz que he tenido hasta ahora en mi vida. Descubrimos una nueva etapa juntos, sin familia, sin amigos y sin lugares conocidos. Lo único familiar que yo tenía era él y él a mi. Fue como volver a empezar, en un lugar lindísimo y sin mayores responsabilidades. Ya se imaginarán todo lo que eso significó para mi y lo maravilloso que fue.

De regreso a Lima, una de las cosas que dejé en Barcelona fue la relación que tenía con R. Poco a poco el amor se fue desvaneciendo como arena que se escapa entre los dedos y como diría Sabina, al final llegó el final. No voy a hablar de la etapa del desamor, esta entrada tiene otra intención, pero justo ayer vi (por segunda vez) una escena de Comer Rezar Amar, que lo describe bastante bien:


El desamor para mi es como dice Julia Roberts, I used to have this appetite for food, for my life, and it's just gone. Es como perder el apetito por comer, por salir, por divertirse, por trabajar y hasta por levantarse de la cama.

Hoy, después de varios meses puedo decir que he recobrado el apetito por la vida, que mi corazón está curado de sus heridas y que además está siendo querido, mimado y acariciado con inmensa ternura. La persona que ahora está conmigo, no solo me quiere, me acompaña y me cuida, sino que se preocupa por mi felicidad como nadie lo había hecho hasta ahora.

Quizás la vida se concentre en estos tres verbos: comer, rezar, amar. El último sin duda, es el más difícil de todos y el que evidentemente, más me gusta. Por eso estoy aquí metida, dispuesta a intentarlo una vez más y me siento feliz por eso.

jueves, 28 de enero de 2010

Misión del 2010: Vivir despeinada!

El 2010 empezó hace rato!!! y ha sido una locura hasta hace poco. Todas las tormentas del 2009 me persiguieron y han estado haciendo de las suyas durante las primeras semanas. Recién ahora empiezo a sentir cierta tranquilidad, lo que me permite, entre otras cosas, sentarme a escribir.

He empezado el año con un par de nuevas actividades, en las que intentaré perseverar. Tengo también algunas ideas sobre cosas que debo empezar a hacer, tareas postergadas, guardadas, dejadas de lado. Hay algo de motivación como para poner (en el momento indicado) manos a la obra.

Mientras tanto, he empezado este primer mes, despeinada. Una amiga me envío este mensaje y me encantó porque entre otras cosas, el mundo está loco! Definitivamente loco...


Hoy he aprendido que hay que dejar que la vida te despeine, por eso he decidido disfrutar la vida con mayor intensidad…

El mundo está loco.. Definitivamente loco…
Lo rico, engorda.
Lo lindo sale caro.
El sol que ilumina tu rostro, arruga.
Y lo realmente bueno de esta vida, despeina…

Hacer el amor, despeina.
Reírte a carcajadas, despeina.
Viajar, volar, correr, meterte en el mar, despeina.
Quitarte la ropa, despeina.
Besar a la persona que amas, despeina.
Jugar, despeina.
Cantar hasta que te quedes sin aire, despeina.
Bailar hasta que dudes si fue buena idea ponerte tacones altos esa noche, te deja el pelo irreconocible…

Así que como siempre, cada vez que nos veamos yo voy a estar con el cabello despeinado…
Sin embargo, no tengas duda de que estaré pasando por el momento más feliz de mi vida.

Es la ley de la vida: siempre va a estar más despeinada la mujer que elija ir en el primer carrito de la montaña rusa, que la que elija no subirse. Puede ser que me sienta tentado a ser una mujer impecable, peinada y planchadita por dentro y por fuera. El aviso clasificado de este mundo exige buena presencia: Péinate, ponte, sácate, cómprate, corre, adelgaza, come sano, camina derechita, ponte seria… Y quizá debería seguir las instrucciones pero, ¿cuando me van a dar la orden de ser feliz? Acaso no se dan cuenta que para lucir linda, me debo de sentir linda… ¡La persona más linda que puedo ser! Lo único que realmente importa es que al mirarme al espejo, vea a la mujer que debo ser. Por eso mi recomendación a todas las mujeres: Entrégate, Come rico, Besa, Abraza, Haz el amor, Baila, Enamórate, Relájate, Viaja, Salta, Acuéstate tarde, Levántate temprano, Corre, Vuela, Canta, Ponte linda, Ponte cómoda, Admira el paisaje, Disfruta, y sobre todo, deja que la vida te despeine!!!!


Lo peor que puede pasarte es que, sonriendo frente al espejo, te tengas que volver a peinar.

lunes, 31 de agosto de 2009

amor / desamor

Este fue el inicio:

Me ves - te veo
Me saludas - te saludo
Me escribes - te contesto
Te doy mi teléfono - me das el tuyo
¿Salimos? - salimos, salimos, salimos ...
Me llamas - te llamo
Te veo - me ves

Y entonces, empiezo a cantar:

Canción para cuando llega el amor: "Que bonito es el amor" - La Pegatina



Hasta ahora no entiendo cómo es que cambió la dinámica, pero así fue... porque todo lo que empieza, termina... y como dice Amparanoia, me deseo buena suerte, no volver a verte y que me vaya bien ♫

Canción para que te den: "Que te den"- Amparanoia

sábado, 14 de junio de 2008

Ella y yo

Hemos estado juntas casi un mes, luego de nueve meses de haber estado separadas. Los primeros nueve meses sin vernos fue cuando estuve en su vientre, yo no sabía dónde estaba ni quién me alimentaba, pero estoy segura que ella sin saber como sería, ya me quería. Estos han sido los segundos nueves meses que hemos estado separadas. Suena poco, pero vaya si nos hemos extrañado.

Mi madre y yo tenemos una relación casi perfecta, todavía no sé como lo hemos logrado y la verdad es que todo el mérito lo tiene ella. Creo que tiene mucho que ver con que ahora las dos seamos adultas y que llegó un momento en el cual empezamos a hablar de igual a igual, sin distancias ni jerarquías, solo dos mujeres mirándose a los ojos, contándose sus alegrías, sus penas, sus preocupaciones, sus vidas.

Pero no crean que siempre fue así, yo como toda adolescente rebelde (que me esforzaba por ser), traté de romper toda relación con ella, de separarme lo más que pudiera, de enojarla, de hacer todo lo contrario a lo que ella esperaba y muchas veces creí que había llegado el momento de alejarme de ella para siempre. Pasaron los años y empecé a quererla de otra manera, ya no como alguien a quien tenía que obedecer a ciegas, cosa que nunca pude hacer, porque desde que tengo recuerdo, siempre ando cuestionando todo; empecé a quererla como alguien que siempre ha estado conmigo, cuidando cada detalle, preocupándose cada día, sin resentimientos, sin preguntas, sin reclamos, solo a mi lado. Esperando que la rebeldía se me pasara, olvidando alguna palabra hiriente, algún berrinche o alguna mentira. Solo pacientemente, sin dejar de quererme ni por un instante.

Pasé muchos años de mi vida cuestionándola, criticándola, pidiéndole que cambiara, que sea diferente, que se pusiera en mi lugar, que comprendiera por qué hacía tal o cual cosa, que me dejara tomar mis propias decisiones, que dejara que me equivocara. Por supuesto que no lo he logrado, ella sigue pacientemente detrás de mí, detrás de cada detalle, de cada decisión, de cada día, vigilante, por si acaso la necesite en algún momento, ella pueda aparecer, ayudarme a vivir y salir adelante. Ahora se lo agradezco, pese a mi “independencia”, solo a su lado me siento segura, protegida, cuidada y querida. Solo a su lado, me siento totalmente yo, no tengo que demostrar nada, no tengo que caerle bien, no tengo que ganarme su cariño, ella ya me lo dio hace 28 años, gratuitamente. A pesar de que quizás no soy como ella espera, igual me quiere, sin reproches, sin reclamos. Sé que ya hubiera querido verme vestida de blanco, que se muere por ser abuela, que daría lo que fuera porque tenga un trabajo que me obligue a vestirme de sastre y tacones, que quisiera que me maquille y que deje de usar zapatillas. Según ella, que sea un poco más “de acuerdo a mi edad”. Y yo me siento totalmente de acuerdo a mi edad, es solo que nuestra manera de ver los 28 años es completamente diferente. Sé que se asusta cuando me escucha hablar del futuro y que en el corto plazo no mencione el matrimonio, la maternidad o seguir viviendo en su casa. No dice nada, me escucha en silencio, me acompaña, me apoya, me quiere, de una forma que a veces no logro entender, porque es mucho más de lo que mi mente y mi corazón alcanzan a sentir.

Ahora, la veo y me veo, confirmando que queramos o no, somos fieles reflejos de nuestros padres, que repetimos conductas, gestos, formas de pensar. Que al verla, sé como voy a ser cuando sea madre y cómo me miraran mis hijos, sé que repetiré frases, manías, malas costumbres y también que todo lo bueno que hay dentro de mí, se lo debo a ella.

Hace un par de días se fue, dejando la casa en orden, la refri llena, mil instrucciones y una cartita escondida. Tanto cariño solo se puede recibir de alguien como ella. Ella y yo somos amigas, compañeras, cómplices, somos dos mujeres que se miran a los ojos y se reconocen una en los ojos de la otra. Nos queremos, nos contamos secretos, nos burlamos de todo, nos matamos de risa, de vez en cuando rajamos, vamos de compras, hablamos de chicos, nos damos consejos, nos buscamos, nos extrañamos, nos llamamos y otra vez, nos queremos. Ella es todo en mi vida.

domingo, 8 de junio de 2008

Y sin embargo...

La semana pasada un amigo me contó que le había sacado la vuelta a su chica y pese a que estaba arrepentido, se encontraba tranquilo. Me dijo que lo que había pasado, no le había hecho dudar ni por un momento lo que sentía por su novia. Me acordé en ese instante de otro amigo, que tiene una relación muy abierta con su pareja. Ambos consideran que la infidelidad no es mala, siempre y cuando se tenga claro por qué se hace y a quién se quiere realmente. Cada vez que me cuenta las cosas que hacen y como les va, me sorprendo y me alegro, porque son felices sin reprimirse y sin engañarse.

Venía yo pensando en "ese caso de la vida real", sin saber muy bien qué decir o sentir... solo entonando a Sabina, que tiene una canción que retrata un amor libre pero sincero, no sé si será el verdadero, (o si es que exista algo que deba llamarse así) pero por lo menos, creo que se le asemeja.

Este es de los párrafos que más me gustan:

Ni tan arrepentido, ni encantado
de haberme conocido, lo confieso.
Tú que tanto has besado,
tú que me has ense
ñado,
sabes mejor que yo, que hasta los huesos,
solo calan los besos que no has dado,
los labios del pecado.

Canción para hablar del amor: Y sin embargo - Joaquín Sabina.