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viernes, 2 de junio de 2017

Cuando llegó Josefina...

Dentro de poco se cumplirán tres años desde que nació mi niña. Han sido tres años intensos, de aprendizajes continuos, de reacomodarnos, de convertirnos en una familia de cuatro, que cada vez se consolida más y mejor. Para nada ha sido fácil, hemos crecido “a la fuerza”, a fuerza de adaptarnos, de criar casi en paralelo dos bebés, con pañales, coches, cunas y ¡ni qué decir de la teta! Pero ese tema mejor lo dejo para otro post, uno especialmente dedicado a la lactancia prolongada…

Ahora cerquita a los tres años, con una niña que ilumina su andar, que habla perfectamente, que camina, corre, trepa, baila, canta, que enamora, engatusa y chantajea, pero que sobre todo defiende con gran pasión lo que quiere, me siento agradecida con la vida. Ser mujer y tener una niña es un regalo hermoso, es una complicidad única, es identificación, sintonía. Mirarme en ella, reconocerme, sentirme. Recordarme niña, imaginarla mujer. Volver al pasado y tener presente la relación con mi madre, de mujer a mujer y tener ahora que formar una propia con mi hija, es una gran tarea, compleja, difícil, pero sin duda una labor que me permite (eso intento) ser una mejor persona. Aprender de mi hija y de mi madre y así entre las tres, construir ese hilo femenino de complicidad, de confabulación, de intimidad. 

No vayan a creer que no me encanta o no atesoro la relación con mi niño, ¡de ninguna manera! Ser mamá de un niño es una aventura de principio a fin. ¡Adrenalina pura! Pero esta vez quiero darle un toque más femenino a esta entrada, pensar en el tercer cumpleaños de mi hija, me ha dado fuerzas para escribir sobre su llegada. No pude hacerlo en su momento, la demanda de tener dos niños, de reorganizarnos todos, de ir aprendiendo a ser cuatro, hizo que dejara este relato para más adelante. Siento que ha llegado el momento.

Hace 3 años, estaba en la semana 39 de embarazo, me recuerdo grande, pesada, adolorida por momentos y tratando de compartir mi tiempo entre el trabajo, Ramiro que tenía 1 año y 4 meses y Josefina en la panza. Estiraba el tiempo como sea para llegar a mis clases de yoga prenatal, estaba convencida que esa práctica y el acompañamiento de Paulina (mi profesora) habían sido la clave del éxito de mi primer parto. Con esa experiencia en mi mochila, de haber parido sin epidural ni ninguna asistencia médica, lo más natural que se puede hacer en una clínica, hizo que me sintiera casi super poderosa para llegar con esa misma seguridad y confianza al nacimiento de Josefina.

Empecé mis primeras contracciones como a las 4 de la mañana, si bien eran leves y manejables, mi cuerpo ya se empezaba a preparar para el “trabajo” de parto. Si existe algún trabajo en el mundo, es sin duda, el de parto. A las 6 de la mañana me levanté para ir al baño y me di con la sorpresa que estaba sangrando muchísimo, más de lo que se puede esperar que salga del tapón mucoso. Me asusté y creo que producto del susto me pareció que Josefina ya no se movía dentro de mi panza. Desperté a Alejandro y le dije que quería ir a la clínica, quería que me vieran, me dijeran que todo estaba bien y luego, regresar a mi casa a hacer mi trabajo de parto. Como había hecho con Ramiro y como no dudaba tenía que hacer esta segunda vez. Así es que en pijama, me puse zapatillas y salimos. Recuerdo haber sentido pena de dejar a Ramiro dormido, hubiera querido contarle lo que pasaba, pero ser madre de dos, rápidamente te hace entender que hay momentos en que no puedes estar con tus dos hijos a la vez y en ese instante era Josefina quien me necesitaba. Además, me decía a mí misma, voy y regreso.

Llegamos a la clínica y me pusieron los chupones para monitorear a mi bebé. Felizmente estaba todo bien, ella y yo. El sangrado seguía, pero la verdad ya no me importaba, quería pararme, dar las gracias y regresar a mi casa. Pero al parecer cuando uno entra a los dominios de una clínica, difícilmente puede salir de ahí. Tuve que esperar que bajara el doctor a verme. Muy distinto a mi primer parto, ese día fue domingo, el doctor estaba ahí solo por mí, examinándome y esperando el momento en que llegara Ramiro. Fui la única en la clínica esa noche. Esta vez fue un día de semana, el doctor estaba atendiendo consulta mientras yo lo esperaba en la sala de dilatación. Cuando bajó, me examinó y me dijo “ya estás en casi 6, yo te diría que te quedes, es un segundo parto y va a ser más rápido que el anterior”. Sentí en esas palabras una sentencia que no esperaba. 

Quería regresar a mi casa, bañarme, ¡quitarme la pijama! comer algo, decirle a mi hijo que muy prontito iba a nacer su hermana, pero sobre todo, quería prepararme emocionalmente para recibir a mi niña, necesitaba conectarme conmigo misma, escucharme, tomarme el tiempo que mi cuerpo me pedía, estar a solas, en un espacio íntimo, personal, propio, vivir mis contracciones a mi ritmo, como lo necesitamos todas las mujeres y como yo había deseado que fuera.

Nada de eso sucedió, en ese momento Alejandro se fue a gestionar mi ingreso y llamar a mi mamá para pedirle que vaya a ver a Ramiro, ya que no íbamos a regresar a la casa porque estaba por dar a luz en cualquier momento. Esos minutos que Alejandro salió de la sala de dilatación para mi fueron eternos, me sentí completamente sola, derrumbada. Estaba agotadísima, había llegado a 6 de dilatación echada en una camilla, la peor de las posiciones. A insistencia mía logré quitarme los chupones y pararme, intentaba caminar, hacer mis ejercicios de relajación, respiración, balancearme sobre la pelota, nada funcionada. Tenía mucha hambre, no había comido nada en todo el día y no me dejaban comer. Recuerdo haber tomado agua de manera clandestina en un bidón que estaba cerca, ¡pero ni eso me dejaban! Estaba molesta con la situación y con la forma como estaba esperando la llegada de Josefina, tan distinto a lo que deseaba.

Cuando Alejandro regresó, lo abracé y me puse a llorar. Él no entendía lo que me pasaba, nadie lo entendía en realidad. Las enfermeras pensaban que sentía mucho dolor y sí, eso es lo que sentía, pero no solo físico, me dolía estar metida en ese espacio tan frio y público y tener que quedarme ahí. Me sentía atrapada. Luego de eso, todo empeoró, empecé a avanzar en la dilatación, debía estar en 7 u 8 y el cansancio que sentía era enorme. Cansancio físico evidentemente pero también emocional, toda esa situación de frustración me estaba pasando factura. Sentía que no tenía fuerzas, que no iba a poder llegar a 10, estaba aturdida, triste, desesperanzada. Lo único que atiné fue a pedir que me pongan epidural, ¡ya había intentado de todo! caminar, la pelota, pensar en otra cosa, conectarme con mi bebé, nada funcionó. Yo estaba en otra sintonía y no podía más.

Mientras me ponían la epidural me sentía tan vulnerable, la posición en la que estaba, la aguja enorme, el líquido frío entrando por mi cuerpo, era una sensación espantosa. Luego de eso ya no podía estar de pie, tenía que quedarme echada esperando que mi cuerpo mágicamente llegara a 10 de dilatación. Después de la anestesia me puse a llorar desconsoladamente, sentía que estaba abandonando a mi bebé, que ella estaba haciendo todo su esfuerzo dentro mío por nacer y yo me había rendido y había dejado de hacer mi trabajo. Sentía que echada no ayudaba a mi cuerpo, no me conectaba conmigo mismo, no estaba en la misma sintonía que mi bebé. Lloraba y nadie entendía lo que me sucedía, o eso era lo que yo sentía en ese momento. “¿Te sigue doliendo?” me preguntó la anestesióloga, me dolía el corazón, esa sensación de estar abandonando a mi hija me partía el alma.

Sabía que era algo mío, Josefina nacería igual con epidural o sin epidural, pero para mí, que valoro tanto el contacto mamá-bebé y que considero además que el trabajo de parto es un trabajo de a dos, el bebé hace su chamba para descender por el canal vaginal y la mamá, conectada con su bebé, siente como su cuerpo se va abriendo poco a poco a medida que aumentan los centímetros de dilatación. Además, que se pueda vivir de manera natural, sin nada que te apure como la oxitocina o te quite el contacto con tu cuerpo como la epidural. Eso que tanto valoro y que tanto deseaba vivir, esa vez no fue posible.

En medio de llantos y momentos de calma que llegaron después, me dio unas enormes ganas de pujar. Fue muy muy rápido, desde que llegué a la clínica hasta que di a luz habrán pasado unas 4 horas (con Ramiro demoré alrededor de 36). Me llevaron a la sala de partos y al primer pujo ya había salido Josefina, ¡al primero! Era increíble, así de rápido había llegado mi niña, decidida a pesar de los lloriqueos de su madre, fuerte, intensa, llena de vida. De la misma forma como se ha mantenido estos 3 años.

He necesitado de este tiempo para curarme de ese primer encuentro con mi hija, he aprendido que la vida nos da lecciones en todo momento y cuando menos lo esperamos. Que hay que afrontar con firmeza cuando las cosas no salen como uno las desea. Y que hay diversas historias de madres, hijos, partos, lactancias, todas válidas, sinceras, honestas, desde el corazón. Historias que nos ayudan a crecer, a encontrarnos con nuestras debilidades y limitaciones, que nos hacen más sensibles, más humanas, más mujeres. Por ese camino femenino es que quiero seguir transitando, caminando ahora de la mano de mi hija, abrazada por mi madre y acompañada siempre por mujeres maravillosas, parte de mi tribu materna, que enriquecen mi caminar. 

domingo, 1 de junio de 2014

Un año después... nuevamente de parto

Hace un año que no escribo nada en este espacio. Un año! Suena muchísimo y en realidad lo es, pero es que cada día de este año ha sido tan intenso, que me ha dejado pocos momentos libres para sentarme y escribir con calma (sumado por supuesto a mi falta de organización y disciplina que hacen que viva postergando todo).

La última vez que escribí, mi hijo mayor tenía solo 3 meses, digo mi hijo mayor porque tengo desde hace 37 semanas una nueva bebe creciendo dentro de mí. Sí, 37 semanas… eso quiere decir que volveré a ser madre en cualquier momento!! Esta vez de una niña.

Este segundo embarazo llegó más sorpresivamente que el primero, tuve que tomarme varias semanas para procesar mi nuevo estado, tenía un bebe de solo 7 meses y ya empezaba a gestar a un segundo bebe. Un enorme sentimiento de culpa me embargó, sentía que no tenía derecho a quitarle el lugar de “hijo único” a mi hijo mayor, que todavía era muy pronto, que ni siquiera tenía capacidad de comprender lo que estaba pasando (aunque fue el primero en darse cuenta que algo estaba cambiando). Me sentía mal porque me moría de sueño y cansancio y no disfrutaba tanto nuestro tiempo juntos. Tenía miedo y angustia por esta nueva persona que iba a entrar en nuestra relación de a dos, dejaríamos de ser dos para pasar a ser tres. No estaba preparada para eso, no quería dejar esta relación exclusiva, intima, secreta, que tenía con mi hijo mayor. No quería por nada dejar de darle de lactar (la reducción de leche fue el primer indicio que tuve de que podía estar embarazada), no quería dejar de cargarlo (en realidad no he dejado de hacerlo, aunque ya pesa más de 11 kilos y mis dolores de espalda son cada vez más frecuentes), no quería que deje de ser el centro de mi vida y no imaginé jamás que podía sentir todas estas cosas ante la noticia de que estaba embarazada nuevamente.

Pasamos muchas semanas sin decírselo a nadie, ese estado de “secreto” hacía que mi culpa se acrecentara, como si hubiera hecho algo malo o tuviera que esconderlo. El tiempo y un poco de terapia me ayudaron a entender lo que estaba sintiendo y a mirar este nuevo estado con alegría y entusiasmo y sobre todo, como una oportunidad de crecimiento para toda la familia.

Con el paso de los meses he entendido que parte de mi resistencia se debía a lo mucho que me cuesta asumir los cambios y este definitivamente es un gran cambio, que además se había suscitado rápidamente. Estaba acostumbrándome al nacimiento de mi nueva familia, habíamos pasado de ser una pareja para convertirnos en una familia, tres miembros, cada quien con sus propias necesidades, angustias y temores. Cada uno de nosotros reconociéndonos, mirándonos, escuchándonos, viviendo todo por primera vez. Y de pronto, como suceden las cosas importantes, nos vimos sorprendidos por el regalo de una nueva vida. Lo que nos tocaba ahora, era aprender a ser cuatro, una nueva familia de cuatro, en donde cada uno de nosotros tiene que aprender a desenvolverse en su nuevo rol.

A mi toca aprender a ser madre de dos niños pequeños, a multiplicar mi amor, mi atención, mi paciencia, mi cuerpo, a multiplicar todo mi ser. ¿Cómo se hace eso? Pues no lo sé, solo sé que se hace, que requiere mucho esfuerzo (físico y mental), que paso horas enteras pensando en qué decisión tomar sobre esto o aquello, que tengo mucho miedo de cometer algún error, que pienso en qué será lo mejor para mi hijo mayor, en como “protegerlo” del cambio que significará la llegada de su hermanita, si es momento de llevarlo al nido o mejor no, si es momento de pasarlo de su cuna a una cama o mejor no, que cambios debo o puedo hacer y cuáles no.

Toda esta situación me ha llevado a repensar mi vida desde lo más íntimo, ¿estoy haciendo lo correcto?, ¿estoy viviendo lo que quiero vivir?, ¿de la forma en que quiero vivirlo?, ¿trabajar a tiempo “completo” es lo que tengo que hacer en este momento de mi vida?, ¿dedicarme a mi casa?, ¿a mis hijos?, ¿y mi vida profesional?, ¿mi vida social, ¿mi vida personal?, ¿mi vida de pareja?. Quién soy y quién quiero ser, quién quiero ser por mí, por mis hijos, por mi pareja, por mi familia. Dicen que la maternidad es un cambio en la vida de una mujer y en mi caso se está cumpliendo al pie de la letra. No he vuelto a ser la misma persona de antes desde que la vida me dio el regalo y la oportunidad de ser madre, es más, no sabría cómo volver a ser la misma. No sé si eso es bueno o malo, si le pasa a todo el mundo o yo soy un bicho raro, solo sé, que en este camino de repensar la esencia de mi vida, no hay vuelta atrás.

Esta historia continuará… por lo pronto, ya he empezado a concentrar mi atención en mi próximo parto y en que pueda ser lo más natural y respetado posible. Me doy fuerzas y me aliento a mí misma, porque sigo creyendo firmemente en que el parto es nuestro. Así es que, ahí voy… un año (y 3 meses después) y nuevamente de parto.

miércoles, 17 de abril de 2013

El parto es nuestro


Desde que me enteré que estaba embarazada empecé a desarrollar un especial interés por el parto, no solo por el mío, sino por el parto en general. Descubrí que solo tengo dos amigas que han tenido a sus hijos a través de un parto vaginal. Entre mi falta de información y la sorpresa de que las cesáreas eran lo más común, empecé a desarrollar casi una obsesión por el tema.
¿Por qué no podemos parir a nuestros hijos? Creo que una de las razones es que dejamos que esa decisión la tome el médico porque creemos que sabe más que nosotros y nos aconsejará hacer lo que sea mejor para la madre y el bebé. Y ciertamente en muchos casos ocurre así y qué bueno que existen las cesáreas porque a veces son la única alternativa para que un niño nazca. El problema es que la gran mayoría de partos que pudieron ser naturales, terminan en cesáreas innecesarias.
Con el embarazo ocurre algo curioso porque convive la omnipotencia con la fragilidad, al menos a mi me ocurrió así. La omnipotencia de sentir que estamos gestando una nueva vida, con todo lo que eso implica; pero a la vez, como tenemos que cuidarnos mucho más, nos hacen sentir débiles, frágiles, casi que inútiles (tu no cargues, no corras, no saltes, no te agaches, no hagas fuerza, etc). Nueve meses después es más fácil creer que no podremos dar a luz, que no soportaremos el dolor, que mejor ponernos anestesia lo antes posible. ¿Y si no dilato?, ¿y si me demoro mucho?, ¿y si le pasa algo a mi bebé?. Si hay algo que tiene el parto es incertidumbre, no sabremos cómo será, cuándo será, cuánto durará. Y en realidad lo único que deberíamos saber, es que cuando ocurra podremos parir a nuestros hijos, porque todas las mujeres podemos, estamos hechas para eso.
La decisión de cómo parir debería ser exclusivamente nuestra, porque es nuestro cuerpo y nadie lo conoce mejor que nosotras. Hay muchos mitos alrededor de eso y nos dicen que es necesario el suero, la anestesia epidural, la oxitocina y ni qué decir de la episiotomía!, cuando en realidad lo único que necesitamos es la confianza en nosotras mismas, que podremos parir y que las decisiones durante ese proceso deberían ser nuestras. Los demás solo nos acompañan. 
 
Yo estuve casi nueve meses pensando y preparándome para el parto. Fui descubriendo qué quería y que no quería y lo fui conversando con mi pareja, con mis papás y por supuesto con mi médico. Como se trataba de mi primer parto y absolutamente todo era incierto, decidí que sería mejor hacerlo en una clínica y luego de muchas idas y venidas entendí que eso implicaría tener que aceptar algunas normas y procedimientos. En ese momento empezó el proceso de negociación y sobre todo de tratar de entender por qué hacen algunas cosas. ¿Por qué ponen enema?, ¿y suero?, ¿y si no quiero que me rompan la fuente? , ¿y si no quiero epidural?, ¿y si deseo tener un parto vertical?, ¿en qué momento cortan el cordón?, ¿puede cortarlo el papá?, ¿pueden cortarlo luego que haya dejado de latir?, ¿se puede prescindir de una episiotomía?, ¿y si no quiero que me corten?, ¿no es mejor un desgarro?, ¿pueden poner a mi bebe en mi pecho apenas nazca?. Debo agradecer a mi médico toda la paciencia para responder mis preguntas, explicarme el sentido de algunos procedimientos y sobre todo, la enorme sinceridad de reconocer que muchas veces sus colegas hacen cosas totalmente innecesarias y que en algunos casos, llevan a la mujer a pasar por una cesárea. Saber elegir el médico que nos acompañará durante el parto es de las decisiones más importantes que debemos tomar. Si no nos sentimos con absoluta confianza hay que cambiarlo, porque el parto es nuestro, no hay que olvidarnos de eso.
 
Dos meses después de haber dado a luz, puedo decir que mi parto se pareció mucho a lo que había imaginado. Ayer me preguntaron, ¿qué le diría a otras mujeres que van a dar luz para que puedan tener un parto que cumpla sus expectativas? Lo primero que pensé fue que tengan confianza en que podrán hacerlo. Confianza y seguridad para mostrarse firmes ante las enfermeras y obstetrices cuando quieran mantenernos echadas, ponernos suero, meternos la mano para verificar nuestra dilatación, no dejarnos caminar, etc, etc, etc. Sé que es difícil porque al estar en un clínica hay que aceptar normas y procedimientos (cuanta rabia me produce tener que aceptar cosas con las que no estoy de acuerdo y que además me parecen absurdas!), pero es así. ¿Qué podemos hacer ante eso? Llegar a la clínica lo más tarde posible, cuando nuestro trabajo de parto ya esté avanzado. No hay nada mejor para una mujer en proceso de dilatación que sentirse en confianza, tranquila, cómoda, acompañada. Hacer lo que queramos hacer, ponernos en posiciones que nos alivien el dolor y que además ayuden a la dilatación, comer rico, escuchar música, meternos en una tina caliente. Nuestro cuerpo empezó su trabajo y nuestro bebe el suyo, un trabajo conjunto, nosotras parimos y ellos nacen (no es un esfuerzo menor) y tenemos que ayudarnos mutuamente. El bebé nos necesita y nosotras a él.
 
Yo llegué a la clínica con siete de dilatación, no dejé que me pongan epidural ni suero (y me costó una “pelea” con la obstetriz), como estaba tan avanzada no me pusieron enema. No me pude salvar de que me rompan la fuente (ya estaba en más de nueve y no se rompía) ni de la incómoda episiotomía (previo desgarro). Estuve en una silla vertical y pude ver cuando salía mi bebe. Me costó muchísimo esfuerzo, creo que el mayor que he hecho en toda mi vida, he pujado como nunca, con absolutamente todas mis fuerzas y luego de largos minutos mi bebe descendía por el canal vaginal. Yo había logrado sacarlo y él había logrado nacer. Lo tuve en mi pecho (me abrí la bata para que sintiera mi piel) y rápidamente empezó a succionar. Si hay algo de éxito en mi lactancia materna, se la debo exclusivamente a él.
 
Lo que continuó luego de que naciera mi bebé no fue tan agradable, la expulsión de la placenta y los puntos de la episiotomía y el desgarro, tomaron su tiempo y también causaron dolor, pero la verdad es que ya son detalles menores. Lo más grande e importante había sucedido. Me sentí fuerte, valiente, inundada de amor (y terquedad, porque la mayoría de cosas sucedieron porque yo me mantenía en mi posición), me sentí mujer, más mujer que nunca. La confianza en mí misma creció, había logrado parir y como consecuencia tenía por fin a mi bebé entre mis brazos.
 
Este es mi relato y he querido compartirlo por si acaso sirve de ayuda para alguna mujer que esté próxima a dar a luz. No hay nada mejor ni peor, cada mujer vive su propio parto, su propio proceso, a su manera, como le diga su cuerpo, su mente y su corazón. Solo creo que si hay algo que debemos defender siempre es que el parto es nuestro, así como lo es nuestro cuerpo y nuestro bebé. Somos mujeres y madres y podemos. Todo lo podemos.