viernes, 13 de mayo de 2016

Querido Conchán


Esta es la historia de una mujer distraída, olvidadiza, irresponsable y rebelde. Sí, adivinaron. La que viene a continuación es mi propia historia.

Iba yo manejando con total desparpajo por las calles limeñas, con mi brevete vencido. Recontra vencido. Tan vencido, que un buen día cuando por esas casualidades de la vida, aparecí en el Touring averiguando lo que tenía que hacer, me dijeron “todo el trámite de nuevo, como si sacara licencia por primera vez”. Esa noticia fue tan deprimente, que me di media vuelta y me fui. Sí, a seguir manejando con total desparpajo.

Pasaron los meses y el bendito brevete vencido me martillaba el cerebro “lo tengo que hacer, lo tengo que hacer” decía. Había empezado con el examen médico y con el pago al Banco de la Nación y con eso intentaba consolarme, diciéndome a mí misma, que ya había arrancado el trámite y que iba por buen camino.

Hasta que, llegó el día en que me paró la policía, con mis dos hijos en el auto. Como iba yo, repito, manejando con total desparpajo, en serio no era conciente de la gravedad de la falta que estaba cometiendo. Y así fue como ruegos de por medio, logré librarme de una multa de 1,900 soles y de que se llevaran mi carro al depósito. En ese momento recién me di cuenta, que manejar con el brevete vencido, es como no tenerlo, la falta de tránsito más grave de todas.

Ustedes que dijeron, ¿que al día siguiente me fui al Touring a dar mi examen teórico? Pues no. Y lo digo con mucha vergüenza. La falta de tiempo siempre es la excusa perfecta para postergar lo urgente, para dejar pasar, para aplazar los malos momentos. Lo que sí cambió en mí, es que ya no manejaba con total desparpajo, sino con cautela y huyendo de las batidas. Batidas que no sé por qué, de pronto aparecieron casi interdiario, en la avenida Reducto (avenida por la que paso entre 4 y 6 veces al día).

Hasta que, nuevamente llegó el día en el que saliendo de mi oficina, un viernes por la tarde (sí, en la avenida Reducto) con mis dos hijos además, zás! la policía haciendo batida en la puerta y en el otro sentido también. Estaba frita, porque además para ir a mi casa, tengo que dar la vuelta en U en Reducto. Osea, si no me paraban de un lado, me podían parar del otro. “No me puedo volver a exponer y menos con mis hijos otra vez”, pensé. Así es que, dejé mi carro estacionado y nos fuimos caminando a la casa. Lo que más me costó, fue tener que explicarle a Ramiro por qué había dejado el auto y había decidido que era mejor regresar caminando. Esta creo que fue, la gota que derramó el vaso.

Para ese momento, ya había dado mi examen teórico y lo único que me faltaba era ir a Conchán. Estaba en la recta final, tenía que sacar mi brevete sí o sí. Aquí recién empieza la verdadera historia.

Día 1:
Salí muy temprano de casa, con destino a Conchán. Llegué antes de las 8 y ya había una larga cola por la entrada de autos. Ni que decir, de la entrada peatonal. Esperé, entré y me sentí completamente perdida, ¿a dónde voy?, ¿cuál de todas las enormes colas hago?, ¿dónde explican la ruta?, ¿y si quiero practicar?, ¿alquilo un carro o doy con el mío?. Empiezo a averiguar y me doy cuenta que no había llevado suficiente dinero y que no se podía pagar con tarjeta y tampoco había un cajero cerca. Así es que caballero, tenía que dar el examen en mi carro. Pero yo, muy segura de mi misma, solo necesitaba que me explicaran la ruta, manejo hace más de 10 años, ¿cómo no iba a pasar un examen práctico en un circuito enano de Conchán? 

Pagué para dar un simulacro, entro y muy canchera me alineo para estacionar en paralelo (estacionamiento además que hago con frecuencia y que la mayor parte de las veces me sale a la primera) y empiezo, retrocedo, entro, me acomodo, avanzo, retrocedo. Hasta que se acerca un veedor y me dice “señorita no puede acomodarse, tiene que entrar en solo dos movimientos, salga del paralelo”. Demonios, quería refutar y decirle “señor, así se estaciona en la vida real, acaso no sabe?” Pero me callé. Salí, seguí, me equivoqué de ruta y salí del circuito sin haberlo terminado. Pésima señalización, no queda claro si debes doblar a la derecha o la izquierda, o qué camino seguir. Pero bueno, este era un simulacro, para eso había pagado un ensayo, nada estaba perdido.

Segundo intento, luego de haber revisado mejor las rutas para tratar de no volver a equivocarme, estaba nuevamente en la cola para entrar al circuito. El chico del carro del costado me pregunta “¿por qué vas a dar en un carro tan grande?”, exactamente lo mismo me preguntaba yo. “Porque no traje plata para alquilar”, empezamos a conversar y me dijo que en youtube había visto tutoriales de los circuitos y que ya lo tenía más claro. Este era su segundo intento y esta vez iba seguro. Que buena idea pensé! Y me puse a ver videos en youtube mientras esperaba que avanzara la cola para entrar al circuito nuevamente.

Esta vez me estacioné en paralelo en los dos movimientos que me pedían y no me equivoqué en la ruta. Por lo menos nadie se me acercó a decirme que había hecho algo mal. Salí y esperé los resultados. Había pasado un poco más de media hora, mi mente estaba muy concentrada en que tenía que estar de regreso en la oficina antes de la 1pm y pensando con quién se quedarían los niños por la tarde, ya que ni Alejandro ni yo habíamos ido a trabajar por la mañana (yo por estar en Conchán y él por quedarse con los niños). Hasta que de pronto, escucho Miranda Tovar.

Esta historia continuará…