viernes, 13 de mayo de 2016

Tu brevete por 150 soles

Tenía solo 3 días por delante para sacar mi brevete, porque al tercer día se cumplirían 6 meses desde que hice mi examen médico. Si en esos 6 meses no se tramita el brevete, se vuelve a cero y hay que volver a empezar todo de nuevo. Eso no me podía pasar. Esta vez tenía que sacarlo sí o sí.

Día 2:
Empezó accidentado porque no encontraba la cartilla del examen. Como no estaba en mi casa, pensé que estaría en mi carro. Me despido, bajo y empiezo a buscar dentro del carro. Tampoco estaba. Regreso a la casa, sigo buscando. Nada. Entonces pienso, cuando algo no está ni en mi casa ni en mi carro, pues claro, ¡está en la oficina! Llego a la oficina antes de las 8 de la mañana, no había nadie, solo algunas personas entrando para un focus. Subo al piso 7 y busco en mi sitio. Nada. Entonces, me empiezo a preocupar. ¿Dónde pude haber dejado la cartilla? Regreso al carro. Llamo a Alejandro y le pido que busque dentro de un cuaderno. Ya eran manotazos de ahogado. Hasta que de pronto, abro un compartimento del carro y ahí estaba. “Ya no busques nada, me voy a Conchán”.

Esta vez no me podían jalar, así es que iría a lo seguro. Practicaría en los circuitos bamba que están antes de llegar a Conchán, ahí me darían los tips y con eso no habría pierde. Llego fácilmente y dos o tres personas se acercan a preguntarme qué buscaba. “Quiero practicar el circuito”. 20 soles la instrucción, 20 el carro y 10 el circuito. “Yo voy a practicar en mi carro, solo quiero ir al circuito”. Le abrí la puerta al “instructor” y me empieza a llevar hacia el mundo de las pistas bamba. Estaba casi a orillas del mar, en lo que debía haber arena, habían puesto mucho desmonte, habían intentado asfaltar el circuito y remedar (aunque de manera muy burda) la ruta de Conchán.

El instructor me empieza a hacer preguntas, “yo te vi el lunes en Conchán, ¿qué pasó por qué no aprobaste?”, “¿pero ya tienes todo?”. “Yo te puedo ayudar, con 250 nomás aseguras tu brevete, para que no corras el riesgo”. Le digo que no, que yo manejo hace años, solo quiero practicar y volver a dar el examen. Así pasó una hora. En todo ese lapso íbamos conversando sobre la invasión que habían hecho los vecinos de la zona. Hay mucho dinero aquí, le comento. ¿Cómo se puede traer toda esa cantidad de desmonte y asfaltar? Hay que traer camiones para eso, le señalo. Sí claro, son varios grupos de personas que se han organizado. De vez en cuando viene La Marina y nos quiere sacar, pero se le da su propina y nos dejan trabajar tranquilos. Ahora el negocio ha crecido, me seguía contando. Todo el mundo tiene carro, así es todos los días. Eso sí, los sábados ni se aparezca, está full. Yo debo haber llegado casi a las 9 al circuito bamba y ya habían varios carros. La primera ruta estaba repleta, así es que seguimos avanzando más al fondo y entramos al segundo o tercer circuito. Luego me enteré que hay entre siete u ocho rutas de ensayo.

Antes de terminar, el instructor insiste “señorita le aconsejo que asegure su brevete, la veo patalear en estacionamiento y son bravos en Conchán, por cualquier cosa te jalan”. “Eso sí, lo único que no puede hacer es pasarse la luz roja, ¿pero eso no va a hacer, no?”. Me llamó la atención porque podían “asegurar” mi brevete pero el respeto por el semáforo era innegociable. Y me responde con total seguridad “es que hay cámaras, pasarse la luz ya es mucho roche, pero todo lo demás normal”. Le vuelvo a decir que no y antes de despedirme le pregunto por quién va a votar “todavía no sé, en la primera vuelta voté por PPK, pero esta vez creo que la china se la lleva”.

Seguí mi camino hacia Conchán, volví a saludar al vigilante de la puerta, al que le había hecho millones de preguntas el día anterior. Me reconoce con una sonrisa “¿qué pasó?, ¿otra vez por aquí?”. Sí, me encanta venir a Conchán, le contesté.

Vuelvo a inscribirme, el pata de la recepción también me reconoce (si, a él también le hice miles de preguntas el día anterior) y me dice “mañana se vence su cartilla”. Si, ya sé, por eso vine hoy, le contesté.

Lo que sigue es bien aburrido, así es que mejor saltamos hacia el día tres. Sí, me fui a la trica.

Día 3:
Estaba totalmente desanimada, deprimida y preocupada. Pero tenía que hacerlo, por lo menos intentarlo. Repetimos el plato, Alejandro dejaba a los niños donde mi mamá y yo me iba por tercera vez en una sola semana, a Conchán. Encima, les cambié la rutina a todos (de corazón, gracias).

Volví a parar en los circuitos bamba. Ahora sí había decidido probar con un carro pequeño. El orgullo del día anterior, que me impidió alquilar un carro chico, porque ¿cómo podía ser posible que no pueda aprobar el examen con mi propio carro?, había quedado por los suelos. Ya no tenía orgullo, dignidad, autoestima, nada de nada. Otra vez me enfrenté a un “instructor” que luego de hacerme varias preguntas, me llevaría a las rutas bamba y me alquilaría un carro para practicar. “Yo solo quiero practicar estacionamiento y alquilar un carro”, le insistí.

Y otra vez estaba en la zona de invasión, que ya conocía bien. “Entre por aquí” me dijo, señalando la entrada a la pista de ensayo. No quiero el circuito, solo quiero practicar estacionamiento. “Ya está bien señora, no se moleste, los estacionamientos están al frente”. Y entonces empezamos, ¿pero por qué la jalaron?, ¿usted vino ayer, no?, ¿y qué pasó?. Mire señora, yo le aconsejo que asegure su brevete, si ya la jalaron, no se puede arriesgar otra vez. Son solo 150 soles (esta vez me estaban rebajando 100 soles!!!), entre el alquiler del carro allá en Conchán y la práctica acá, va a terminar gastando más. “No es un asunto de dinero, no lo voy a hacer porque no es correcto”, le contesté. “Sí es correcto, ¿por qué no va a ser correcto?. Es solo una ayudadita, nada más”. Suficiente, nada bueno iba a salir de esta conversación y era inútil prolongarla.

Al final este pata resultó ser más mafioso que el del día anterior y me quiso subir la tarifa que habíamos pactado al inicio. Le dije que ya no quería nada y me regresé a mi carro. Estaba por irme, cuando una viejita me tocó la venta. “Yo le puedo alquilar mi carro y también le puedo enseñar”. La quede mirando y pensé, ¿qué podía perder?. “Ellos son jaladores y quieren ganar, en cambio yo soy propietaria, le alquilo mi carro y le cobro 35 soles”. Está bien señora, le dije.

Di vueltas con la señora Juanita por una hora, me explicó a su manera, pero me sentía mucho más cómoda con ella. Me contó que era viuda y que se dedicaba a alquilar carros, aquí en la pista bamba y también en Conchán. “Cuando vaya a alquilar, le dice a la señorita, que es alumna de Juanita y que le alquile mi carro. Ella ya sabe”. “Yo vengo desde Jesús María todos los días, tengo este carro y otro. Vamos a entrar al circuito, no va a pagar nada, yo voy a avisar. Ellos ya me conocen”. Me volvió a contar lo de La Marina, “ellos son los más fregados, la Municipalidad no, porque a ellos sí les pagamos impuestos”. No entendí muy bien cómo se podía pagar impuestos por una actividad que no está registrada y que además no entrega ni medio comprobante. Pero de que hay plata como chancha, la hay.

Me despedí de Juanita, “esta vez sí vas a aprobar, vas a ver”. Le agradecí y seguí mi camino a Conchán por tercera vez. Nuevamente el vigilante de la puerta “¿y ahora qué pasó?". A la tercera va la vencida le contesté. “Cuando apruebe viene por acá para felicitarla”, me dijo.

Y bueno, después de todo ¿qué creen qué pasó?. ¡Lo logré! Gasté mucho más que 150 soles, entre peajes, simulacros, ensayos bamba y alquiler de auto; pero ahora puedo continuar manejando con total desparpajo por las calles limeñas. Créanme que he pagado con creces el terrible descuido que he cometido.

Haber manejado hasta Conchán tres veces en una semana, que hayan intentado sobornarme dos días seguidos, haber pasado a la trica (cosa que nunca me había pasado antes) un examen que además según yo pasaría a la primera (ya se imaginarán, mi autoestima recontra pisoteada) y no haber podido planear ningún paseo con mis hijos, en la semana de vacaciones de Ramiro, por tener que ir a Conchán, ha sido un precio bastante alto. Sin duda, me lo merezco. Lección aprendida. 

Querido Conchán


Esta es la historia de una mujer distraída, olvidadiza, irresponsable y rebelde. Sí, adivinaron. La que viene a continuación es mi propia historia.

Iba yo manejando con total desparpajo por las calles limeñas, con mi brevete vencido. Recontra vencido. Tan vencido, que un buen día cuando por esas casualidades de la vida, aparecí en el Touring averiguando lo que tenía que hacer, me dijeron “todo el trámite de nuevo, como si sacara licencia por primera vez”. Esa noticia fue tan deprimente, que me di media vuelta y me fui. Sí, a seguir manejando con total desparpajo.

Pasaron los meses y el bendito brevete vencido me martillaba el cerebro “lo tengo que hacer, lo tengo que hacer” decía. Había empezado con el examen médico y con el pago al Banco de la Nación y con eso intentaba consolarme, diciéndome a mí misma, que ya había arrancado el trámite y que iba por buen camino.

Hasta que, llegó el día en que me paró la policía, con mis dos hijos en el auto. Como iba yo, repito, manejando con total desparpajo, en serio no era conciente de la gravedad de la falta que estaba cometiendo. Y así fue como ruegos de por medio, logré librarme de una multa de 1,900 soles y de que se llevaran mi carro al depósito. En ese momento recién me di cuenta, que manejar con el brevete vencido, es como no tenerlo, la falta de tránsito más grave de todas.

Ustedes que dijeron, ¿que al día siguiente me fui al Touring a dar mi examen teórico? Pues no. Y lo digo con mucha vergüenza. La falta de tiempo siempre es la excusa perfecta para postergar lo urgente, para dejar pasar, para aplazar los malos momentos. Lo que sí cambió en mí, es que ya no manejaba con total desparpajo, sino con cautela y huyendo de las batidas. Batidas que no sé por qué, de pronto aparecieron casi interdiario, en la avenida Reducto (avenida por la que paso entre 4 y 6 veces al día).

Hasta que, nuevamente llegó el día en el que saliendo de mi oficina, un viernes por la tarde (sí, en la avenida Reducto) con mis dos hijos además, zás! la policía haciendo batida en la puerta y en el otro sentido también. Estaba frita, porque además para ir a mi casa, tengo que dar la vuelta en U en Reducto. Osea, si no me paraban de un lado, me podían parar del otro. “No me puedo volver a exponer y menos con mis hijos otra vez”, pensé. Así es que, dejé mi carro estacionado y nos fuimos caminando a la casa. Lo que más me costó, fue tener que explicarle a Ramiro por qué había dejado el auto y había decidido que era mejor regresar caminando. Esta creo que fue, la gota que derramó el vaso.

Para ese momento, ya había dado mi examen teórico y lo único que me faltaba era ir a Conchán. Estaba en la recta final, tenía que sacar mi brevete sí o sí. Aquí recién empieza la verdadera historia.

Día 1:
Salí muy temprano de casa, con destino a Conchán. Llegué antes de las 8 y ya había una larga cola por la entrada de autos. Ni que decir, de la entrada peatonal. Esperé, entré y me sentí completamente perdida, ¿a dónde voy?, ¿cuál de todas las enormes colas hago?, ¿dónde explican la ruta?, ¿y si quiero practicar?, ¿alquilo un carro o doy con el mío?. Empiezo a averiguar y me doy cuenta que no había llevado suficiente dinero y que no se podía pagar con tarjeta y tampoco había un cajero cerca. Así es que caballero, tenía que dar el examen en mi carro. Pero yo, muy segura de mi misma, solo necesitaba que me explicaran la ruta, manejo hace más de 10 años, ¿cómo no iba a pasar un examen práctico en un circuito enano de Conchán? 

Pagué para dar un simulacro, entro y muy canchera me alineo para estacionar en paralelo (estacionamiento además que hago con frecuencia y que la mayor parte de las veces me sale a la primera) y empiezo, retrocedo, entro, me acomodo, avanzo, retrocedo. Hasta que se acerca un veedor y me dice “señorita no puede acomodarse, tiene que entrar en solo dos movimientos, salga del paralelo”. Demonios, quería refutar y decirle “señor, así se estaciona en la vida real, acaso no sabe?” Pero me callé. Salí, seguí, me equivoqué de ruta y salí del circuito sin haberlo terminado. Pésima señalización, no queda claro si debes doblar a la derecha o la izquierda, o qué camino seguir. Pero bueno, este era un simulacro, para eso había pagado un ensayo, nada estaba perdido.

Segundo intento, luego de haber revisado mejor las rutas para tratar de no volver a equivocarme, estaba nuevamente en la cola para entrar al circuito. El chico del carro del costado me pregunta “¿por qué vas a dar en un carro tan grande?”, exactamente lo mismo me preguntaba yo. “Porque no traje plata para alquilar”, empezamos a conversar y me dijo que en youtube había visto tutoriales de los circuitos y que ya lo tenía más claro. Este era su segundo intento y esta vez iba seguro. Que buena idea pensé! Y me puse a ver videos en youtube mientras esperaba que avanzara la cola para entrar al circuito nuevamente.

Esta vez me estacioné en paralelo en los dos movimientos que me pedían y no me equivoqué en la ruta. Por lo menos nadie se me acercó a decirme que había hecho algo mal. Salí y esperé los resultados. Había pasado un poco más de media hora, mi mente estaba muy concentrada en que tenía que estar de regreso en la oficina antes de la 1pm y pensando con quién se quedarían los niños por la tarde, ya que ni Alejandro ni yo habíamos ido a trabajar por la mañana (yo por estar en Conchán y él por quedarse con los niños). Hasta que de pronto, escucho Miranda Tovar.

Esta historia continuará…

martes, 19 de abril de 2016

432 meses

Eso cumplo hoy!

Y la vida me ha regalado (entre muchas cosas) un par de horas de tranquilidad, así es que decidí sentarme a escribir. Es algo que extraño muchísimo. La maternidad tiene mucho de bueno, pero de tiempo libre, nada!!!

Desde hace 3 años, mis cumpleaños son muy diferentes. Totalmente familiares, diurnos, tranquilos (bueno, salvo honrosa excepción) pero digamos que, mis ganas de celebrar ahora, tienen mucho que ver con actividades en las que puedan participar mis hijos. Eso, para quienes me conocen y han celebrado conmigo en el pasado, es un cambio grande.

Este es solo un ejemplo de todo lo que ha variado mi vida en estos 3 últimos años, aunque en realidad, podría ir un poco más atrás. Creo que desde que encontré a mi compañero, he ido soltando mis temores y sanando mis heridas, para dar paso a un nuevo momento y (espero) a una mejor persona. 

Hace 7 años, escribí esto. Es lo más "reciente" que he encontrado en este hueco. De esa Karina, queda poco, hoy me encuentro en otro momento de mi propia historia. Una etapa mucho más armoniosa, disfrutando este viaje infinito que se llama maternidad, construyendo junto a mi compañero un camino juntos, con altibajos como no puede ser de otra manera, pero con la profunda convicción que queremos construirlo juntos. 

Hoy celebro mi vida y agradezco profundamente por todo lo bueno que hay en ella, por todos los abrazos, las risas, las largas conversaciones, por mis amigas entrañables, por mi familia querida, por la buena música, por el pisco y el vino, por las madres de mi tribu, por mis hijos, que cada día me enseñan que el amor es una fuente inagotable de energía. Hoy brindo por la alegría, por la esperanza, por la fuerza, por la valentía, por el cambio y por el futuro. Por 432 meses más y porque al final de este viaje, solo tenga la satisfacción de que todo ha valido la pena.

Los dejo con una foto de nosotros, en uno de mis lugares preferidos, la PUCP. 


jueves, 10 de julio de 2014

Nació mi niña

El tiempo vuela y casi sin darme cuenta ya ha pasado un mes! 30 días y 30 noches, porque con un recién nacido, los días y las noches se viven con la misma intensidad.
 
En todo este tiempo he querido escribir sobre mi parto (porque sí, ya lo saben, me obsesiona el tema!) pero luego de los primeros días, otros temas han ido ocupando mi mente. Así es que dejaré para más adelante el relato sobre mi segundo parto. Por ahora, me dedico a tiempo completo a aprender a ser madre de dos niños pequeños, digamos que casi casi, de dos bebés.
 
Mis días empiezan con el llanto del primer bebé, que generalmente es el del mayor, en ese momento su papá va a su encuentro y comienza la repartición de críos, los hombres por un lado y las mujeres por otro. Yo me quedo con la bebita, entre pañales, teta y si hay suerte durmiendo un poquito. Nos levantamos y seguimos más o menos con lo mismo, teta, desayuno, leche, fruta, teta otra vez, hasta que llega la hora del baño y las primeras coordinaciones para que el baño de uno no se junte con el del otro, para que el llanto de uno no despierte al otro y sobre todo, para estar disponible y darles suficiente atención a los dos y que los celos no nos traicionen en el intento.
 
Más allá de los detalles prácticos del día a día, esta segunda maternidad vino cargada de culpa (¿por qué cargaremos con tanta culpa las mujeres? – estoy convencida que es una cuestión de género y de verdad que me agota, porque es literalmente un peso sobre los hombros). Culpa de no poder estar físicamente para los dos, de no poder atender a los dos por igual, o en el momento que cada uno de ellos me necesita. Culpa de escuchar un llanto y no poder ir corriendo porque estoy cambiando un pañal, culpa de tener en brazos a uno y no poder alzar al otro inmediatamente cuando me lo pide, culpa de morirme de sueño y no poder disfrutarlos como quisiera. Podría seguir citando numerosos momentos, todos ellos cargados de culpa. ¡Que vaina!
 
Sé que esto es un aprendizaje conjunto, mis hijos están aprendiendo a ser hermanos y por lo tanto a compartir, empezando por compartir a la mamá y yo estoy aprendiendo a ser mamá de dos niños pequeños, repito, casi casi de dos bebés. Intento conseguir un equilibrio entre sus demandas y mi oferta, estar alerta a sus necesidades, organizarme y organizarlos. Aunque ya ha pasado un mes, claramente seguimos en etapa de adaptación.
 
Y es que por alguna razón, esta segunda maternidad me está costando muchísimo más. Si bien, puedo bañar a mi bebé casi con una sola mano, darle de lactar mientras camino de la mano con mi otro hijo o cargarlos a los dos a la vez, emocionalmente (y físicamente) me siento agotada. Tener que estar disponible a dos llantos, me estresa; sobre todo cuando es el llanto de la bebé, porque si se trata de hambre, nadie más que yo puede calmarla. No importa si tengo hambre, sueño, cansancio, ganas de ir al baño o lo que sea, si ella quiere teta, digamos que ya fui. Hasta donde me permiten mis recuerdos, no era así con mi primer hijo, darle de lactar me encantaba y sentía un enorme orgullo de hacerlo, ahora, sí me sigue gustando y me enorgullece también y sé que es lo mejor para mí y para ella, pero me cansa y sobre todo en estos primeros días, casi que me siento una teta pegada a una bebé. 
 
Sé que todo es cuestión de tiempo y que con el pasar de los días y las semanas, estaremos más acostumbrados a esta nueva vida de cuatro. Desde lo práctico que es salir con dos maletines, pañales, mudas de ropa, sillas de carro y coches; hasta cosas más de fondo, como sentirme “adaptada” siendo mamá de dos niños, hasta ahora, cada que lo digo o lo escribo, no lo creo.
 
Cada niño que nace trae consigo el renacimiento de todos los que lo rodean y eso está haciendo mi bebé con nosotros. Cuesta empezar de nuevo, cambiar de rutina, de actividades, de preocupaciones, de intereses… es más o menos como dice Ismael Serrano, en una canción que en estos días escucho mucho “de repente llega alguien que lo desordena todo y nos enseña que lo mejor está por venir”. Mi hijita ha venido para cambiarnos la vida y enseñarnos que lo mejor está por venir.
 
"Canción para esperar a un recién nacido" - Ismael Serrano  


domingo, 1 de junio de 2014

Un año después... nuevamente de parto

Hace un año que no escribo nada en este espacio. Un año! Suena muchísimo y en realidad lo es, pero es que cada día de este año ha sido tan intenso, que me ha dejado pocos momentos libres para sentarme y escribir con calma (sumado por supuesto a mi falta de organización y disciplina que hacen que viva postergando todo).

La última vez que escribí, mi hijo mayor tenía solo 3 meses, digo mi hijo mayor porque tengo desde hace 37 semanas una nueva bebe creciendo dentro de mí. Sí, 37 semanas… eso quiere decir que volveré a ser madre en cualquier momento!! Esta vez de una niña.

Este segundo embarazo llegó más sorpresivamente que el primero, tuve que tomarme varias semanas para procesar mi nuevo estado, tenía un bebe de solo 7 meses y ya empezaba a gestar a un segundo bebe. Un enorme sentimiento de culpa me embargó, sentía que no tenía derecho a quitarle el lugar de “hijo único” a mi hijo mayor, que todavía era muy pronto, que ni siquiera tenía capacidad de comprender lo que estaba pasando (aunque fue el primero en darse cuenta que algo estaba cambiando). Me sentía mal porque me moría de sueño y cansancio y no disfrutaba tanto nuestro tiempo juntos. Tenía miedo y angustia por esta nueva persona que iba a entrar en nuestra relación de a dos, dejaríamos de ser dos para pasar a ser tres. No estaba preparada para eso, no quería dejar esta relación exclusiva, intima, secreta, que tenía con mi hijo mayor. No quería por nada dejar de darle de lactar (la reducción de leche fue el primer indicio que tuve de que podía estar embarazada), no quería dejar de cargarlo (en realidad no he dejado de hacerlo, aunque ya pesa más de 11 kilos y mis dolores de espalda son cada vez más frecuentes), no quería que deje de ser el centro de mi vida y no imaginé jamás que podía sentir todas estas cosas ante la noticia de que estaba embarazada nuevamente.

Pasamos muchas semanas sin decírselo a nadie, ese estado de “secreto” hacía que mi culpa se acrecentara, como si hubiera hecho algo malo o tuviera que esconderlo. El tiempo y un poco de terapia me ayudaron a entender lo que estaba sintiendo y a mirar este nuevo estado con alegría y entusiasmo y sobre todo, como una oportunidad de crecimiento para toda la familia.

Con el paso de los meses he entendido que parte de mi resistencia se debía a lo mucho que me cuesta asumir los cambios y este definitivamente es un gran cambio, que además se había suscitado rápidamente. Estaba acostumbrándome al nacimiento de mi nueva familia, habíamos pasado de ser una pareja para convertirnos en una familia, tres miembros, cada quien con sus propias necesidades, angustias y temores. Cada uno de nosotros reconociéndonos, mirándonos, escuchándonos, viviendo todo por primera vez. Y de pronto, como suceden las cosas importantes, nos vimos sorprendidos por el regalo de una nueva vida. Lo que nos tocaba ahora, era aprender a ser cuatro, una nueva familia de cuatro, en donde cada uno de nosotros tiene que aprender a desenvolverse en su nuevo rol.

A mi toca aprender a ser madre de dos niños pequeños, a multiplicar mi amor, mi atención, mi paciencia, mi cuerpo, a multiplicar todo mi ser. ¿Cómo se hace eso? Pues no lo sé, solo sé que se hace, que requiere mucho esfuerzo (físico y mental), que paso horas enteras pensando en qué decisión tomar sobre esto o aquello, que tengo mucho miedo de cometer algún error, que pienso en qué será lo mejor para mi hijo mayor, en como “protegerlo” del cambio que significará la llegada de su hermanita, si es momento de llevarlo al nido o mejor no, si es momento de pasarlo de su cuna a una cama o mejor no, que cambios debo o puedo hacer y cuáles no.

Toda esta situación me ha llevado a repensar mi vida desde lo más íntimo, ¿estoy haciendo lo correcto?, ¿estoy viviendo lo que quiero vivir?, ¿de la forma en que quiero vivirlo?, ¿trabajar a tiempo “completo” es lo que tengo que hacer en este momento de mi vida?, ¿dedicarme a mi casa?, ¿a mis hijos?, ¿y mi vida profesional?, ¿mi vida social, ¿mi vida personal?, ¿mi vida de pareja?. Quién soy y quién quiero ser, quién quiero ser por mí, por mis hijos, por mi pareja, por mi familia. Dicen que la maternidad es un cambio en la vida de una mujer y en mi caso se está cumpliendo al pie de la letra. No he vuelto a ser la misma persona de antes desde que la vida me dio el regalo y la oportunidad de ser madre, es más, no sabría cómo volver a ser la misma. No sé si eso es bueno o malo, si le pasa a todo el mundo o yo soy un bicho raro, solo sé, que en este camino de repensar la esencia de mi vida, no hay vuelta atrás.

Esta historia continuará… por lo pronto, ya he empezado a concentrar mi atención en mi próximo parto y en que pueda ser lo más natural y respetado posible. Me doy fuerzas y me aliento a mí misma, porque sigo creyendo firmemente en que el parto es nuestro. Así es que, ahí voy… un año (y 3 meses después) y nuevamente de parto.

domingo, 2 de junio de 2013

Las otras

Hay un dicho que dice que en lío de dos, el tercero sale sobrando. Y es verdad, pero ¿qué hacemos cuándo una tercera interfiere en nuestra relación de a dos? 

Me refiero a la relación que tenemos con nuestro bebe. Esa relación que recién está empezando a desarrollarse, que está llena de dudas, de desconocimiento, de incertidumbres, miedos, angustias. Esa nueva relación que lo último que necesita es la voz de una madre experimentada que te dice que lo que estás haciendo no está bien, que por ahí no va la cosa, que mejor hazlo de esta manera, que a ella le funcionó muy bien. 

Esas "otras" que seguramente tienen la mejor la intención con sus comentarios, a veces no nos hacen nada bien. Y es que no solo llegan a nuestros oídos infinitos comentarios, sino que además son contradictorios entre sí. No lo cargues que se va a acostumbrar a los brazos (eso creo que es lo más común de todos), déjalo llorar para que desarrollen sus pulmones, no lo dejes llorar, dale biberón para que se acostumbre, abrígalo es un bebé y siente más frio que tu, no lo abrigues tanto, no lo bañes de noche que ya está empezando a hacer frio, tienes que bañarlo de noche para que se relaje y duerma mejor, ponle chupón es mejor a que se chupe los dedos, dale de lactar solo hasta los 6 meses, ni se te ocurra meterlo a tu cama porque de ahí no lo saca nadie, es mejor que duerma en su cuarto desde pequeñito y que cada quien tenga su espacio, al comienzo va a llorar pero de ahí no sabes la maravilla que es!

Podría llenar toda esta entrada con todos los comentarios que he escuchado apenas en estos tres primeros meses y estoy segura que ustedes terminarían tan confundidos como yo. ¿Entonces qué hago?, ¿lo cargo o no lo cargo?, ¿lo abrigo o lo desabrigo?, ¿le doy biberón o dejo que solo mame de mi pecho?, ¿lo baño de día y de noche o ahora que ya hace frío solo de noche? Muchas veces, pero muchas veces no sé que hacer, no sé si tiene frío o calor, no sé si tiene sueño o hambre, no sé si está aburrido o con cólico de gases, no sé si dejarlo dormir a mi lado o pasarlo ya a su cuna. No sé si fue buena idea regresar tan tarde a la casa o no debimos salir porque todavía tiene moquitos (rezagos de su primer resfrío), no sé si la bulla lo inquieta o lo sorprende. Simplemente no sé y aunque a veces quisiera tener poderes y saber todo sobre mi niño, no puedo. Todavía estamos en un proceso, aprendiendo a conocernos, recién llevamos tres meses y nos queda toda la vida.

Sé que las mamás experimentadas tienen buena intención cuando comparten lo que hicieron ellas o les funcionó mejor, pero sé también que cada mamá y cada bebé es diferente. El mío tiene una forma particular de ser y yo debo encontrar el estilo de crianza que mejor se nos acomode a los tres (papá incluido). ¿Qué es lo que más me sirve para eso? Seguir mi instinto, lo que creo y quiero hacer, lo que me da más tranquilidad. Pero a veces suele pasar que cuando intento algo, me dicen que así no, que mejor pruebe de otra manera y justamente eso no me da tranquilidad. Entonces, de manera esquizofrénica me desdoblo, por un lado escucho lo que me dicen y por el otro persisto en mi idea original (terquedad que le dicen). Generalmente es un ensayo - error, en ocasiones funcionan algunas cosas y otras veces no.

Pero no crean que todo es terquedad, intento ser flexible en muchas ocasiones. Escucho y leo de todo, presto atención a un menor porcentaje y algunas de esas cosas las pongo en práctica. A veces me va bien, a veces me va mal. Mientras tanto sigo probando y prestando atención a mi niño, para seguir conociéndolo más y más. Pero así como escucho, pongo atención y pruebo algunas cosas, hay otras que he decidido hacer de cierta manera y quiero que sigan así:

1. Voy a seguir alimentando a mi hijo exclusivamente con leche materna
2. Voy a seguir amamantándolo todo el tiempo que sea posible y que los dos queramos
3. Vamos a seguir durmiendo en el mismo cuarto hasta que ya no entre en el moisés o hasta que duerma la mayor parte de la noche de corrido (lo que pase primero)
4. Voy a seguir cargándolo todo el tiempo que él quiera (aunque a sus tres meses ya me pese mucho).

No pienso ni me preocupa si se va a "mal acostumbrar" a la teta, a los brazos o a dormir con nosotros, porque si hay algo que nos hace bien a los dos, no puede ser una mala costumbre. Y eso lo explica muy bien el dr. Carlos Gonzales, un pediatra catalán, que al menos a mí, me hace mucho sentido todo lo que dice. Aquí un video cortito:



Yo no creo que haya un estilo o un método que sea mejor que otro, creo que cada madre debe encontrar cuál es el suyo, qué cosa le funciona mejor a ella y a su bebé. Y como no nos podemos salvar de lo que nos van a decir "las otras", no nos queda más que escuchar pero prestar atención solo a los que nos hace sentido y nos da tranquilidad,  a nosotras y a nuestros bebés.

miércoles, 17 de abril de 2013

El parto es nuestro


Desde que me enteré que estaba embarazada empecé a desarrollar un especial interés por el parto, no solo por el mío, sino por el parto en general. Descubrí que solo tengo dos amigas que han tenido a sus hijos a través de un parto vaginal. Entre mi falta de información y la sorpresa de que las cesáreas eran lo más común, empecé a desarrollar casi una obsesión por el tema.
¿Por qué no podemos parir a nuestros hijos? Creo que una de las razones es que dejamos que esa decisión la tome el médico porque creemos que sabe más que nosotros y nos aconsejará hacer lo que sea mejor para la madre y el bebé. Y ciertamente en muchos casos ocurre así y qué bueno que existen las cesáreas porque a veces son la única alternativa para que un niño nazca. El problema es que la gran mayoría de partos que pudieron ser naturales, terminan en cesáreas innecesarias.
Con el embarazo ocurre algo curioso porque convive la omnipotencia con la fragilidad, al menos a mi me ocurrió así. La omnipotencia de sentir que estamos gestando una nueva vida, con todo lo que eso implica; pero a la vez, como tenemos que cuidarnos mucho más, nos hacen sentir débiles, frágiles, casi que inútiles (tu no cargues, no corras, no saltes, no te agaches, no hagas fuerza, etc). Nueve meses después es más fácil creer que no podremos dar a luz, que no soportaremos el dolor, que mejor ponernos anestesia lo antes posible. ¿Y si no dilato?, ¿y si me demoro mucho?, ¿y si le pasa algo a mi bebé?. Si hay algo que tiene el parto es incertidumbre, no sabremos cómo será, cuándo será, cuánto durará. Y en realidad lo único que deberíamos saber, es que cuando ocurra podremos parir a nuestros hijos, porque todas las mujeres podemos, estamos hechas para eso.
La decisión de cómo parir debería ser exclusivamente nuestra, porque es nuestro cuerpo y nadie lo conoce mejor que nosotras. Hay muchos mitos alrededor de eso y nos dicen que es necesario el suero, la anestesia epidural, la oxitocina y ni qué decir de la episiotomía!, cuando en realidad lo único que necesitamos es la confianza en nosotras mismas, que podremos parir y que las decisiones durante ese proceso deberían ser nuestras. Los demás solo nos acompañan. 
 
Yo estuve casi nueve meses pensando y preparándome para el parto. Fui descubriendo qué quería y que no quería y lo fui conversando con mi pareja, con mis papás y por supuesto con mi médico. Como se trataba de mi primer parto y absolutamente todo era incierto, decidí que sería mejor hacerlo en una clínica y luego de muchas idas y venidas entendí que eso implicaría tener que aceptar algunas normas y procedimientos. En ese momento empezó el proceso de negociación y sobre todo de tratar de entender por qué hacen algunas cosas. ¿Por qué ponen enema?, ¿y suero?, ¿y si no quiero que me rompan la fuente? , ¿y si no quiero epidural?, ¿y si deseo tener un parto vertical?, ¿en qué momento cortan el cordón?, ¿puede cortarlo el papá?, ¿pueden cortarlo luego que haya dejado de latir?, ¿se puede prescindir de una episiotomía?, ¿y si no quiero que me corten?, ¿no es mejor un desgarro?, ¿pueden poner a mi bebe en mi pecho apenas nazca?. Debo agradecer a mi médico toda la paciencia para responder mis preguntas, explicarme el sentido de algunos procedimientos y sobre todo, la enorme sinceridad de reconocer que muchas veces sus colegas hacen cosas totalmente innecesarias y que en algunos casos, llevan a la mujer a pasar por una cesárea. Saber elegir el médico que nos acompañará durante el parto es de las decisiones más importantes que debemos tomar. Si no nos sentimos con absoluta confianza hay que cambiarlo, porque el parto es nuestro, no hay que olvidarnos de eso.
 
Dos meses después de haber dado a luz, puedo decir que mi parto se pareció mucho a lo que había imaginado. Ayer me preguntaron, ¿qué le diría a otras mujeres que van a dar luz para que puedan tener un parto que cumpla sus expectativas? Lo primero que pensé fue que tengan confianza en que podrán hacerlo. Confianza y seguridad para mostrarse firmes ante las enfermeras y obstetrices cuando quieran mantenernos echadas, ponernos suero, meternos la mano para verificar nuestra dilatación, no dejarnos caminar, etc, etc, etc. Sé que es difícil porque al estar en un clínica hay que aceptar normas y procedimientos (cuanta rabia me produce tener que aceptar cosas con las que no estoy de acuerdo y que además me parecen absurdas!), pero es así. ¿Qué podemos hacer ante eso? Llegar a la clínica lo más tarde posible, cuando nuestro trabajo de parto ya esté avanzado. No hay nada mejor para una mujer en proceso de dilatación que sentirse en confianza, tranquila, cómoda, acompañada. Hacer lo que queramos hacer, ponernos en posiciones que nos alivien el dolor y que además ayuden a la dilatación, comer rico, escuchar música, meternos en una tina caliente. Nuestro cuerpo empezó su trabajo y nuestro bebe el suyo, un trabajo conjunto, nosotras parimos y ellos nacen (no es un esfuerzo menor) y tenemos que ayudarnos mutuamente. El bebé nos necesita y nosotras a él.
 
Yo llegué a la clínica con siete de dilatación, no dejé que me pongan epidural ni suero (y me costó una “pelea” con la obstetriz), como estaba tan avanzada no me pusieron enema. No me pude salvar de que me rompan la fuente (ya estaba en más de nueve y no se rompía) ni de la incómoda episiotomía (previo desgarro). Estuve en una silla vertical y pude ver cuando salía mi bebe. Me costó muchísimo esfuerzo, creo que el mayor que he hecho en toda mi vida, he pujado como nunca, con absolutamente todas mis fuerzas y luego de largos minutos mi bebe descendía por el canal vaginal. Yo había logrado sacarlo y él había logrado nacer. Lo tuve en mi pecho (me abrí la bata para que sintiera mi piel) y rápidamente empezó a succionar. Si hay algo de éxito en mi lactancia materna, se la debo exclusivamente a él.
 
Lo que continuó luego de que naciera mi bebé no fue tan agradable, la expulsión de la placenta y los puntos de la episiotomía y el desgarro, tomaron su tiempo y también causaron dolor, pero la verdad es que ya son detalles menores. Lo más grande e importante había sucedido. Me sentí fuerte, valiente, inundada de amor (y terquedad, porque la mayoría de cosas sucedieron porque yo me mantenía en mi posición), me sentí mujer, más mujer que nunca. La confianza en mí misma creció, había logrado parir y como consecuencia tenía por fin a mi bebé entre mis brazos.
 
Este es mi relato y he querido compartirlo por si acaso sirve de ayuda para alguna mujer que esté próxima a dar a luz. No hay nada mejor ni peor, cada mujer vive su propio parto, su propio proceso, a su manera, como le diga su cuerpo, su mente y su corazón. Solo creo que si hay algo que debemos defender siempre es que el parto es nuestro, así como lo es nuestro cuerpo y nuestro bebé. Somos mujeres y madres y podemos. Todo lo podemos.